Larva

Era un lunes como cualquier otro, repleto de resaca y cansancio. Sin embargo, aquel día lo que me había despertado no fue el usual despertador, sino un escozor sobre la piel de mis brazos que provocaba, como reacción, rascarme de manera incontrolable. Ningún enrojecimiento, marca de piquetes o erupciones parecía producirme tal impulso, no había nada, sólo piel. Así, con el firme pensamiento que eventualmente pasaría, continué mi rutina esa mañana de otoño.

Estaba sentado en mi escritorio, revisando los sobres de documentos que quedaban pendientes de la semana pasada cuando regresó la sensación de picor como una oleada intensa. En el trayecto a la oficina había hecho memoria sobre lo que comí en los últimos días intentando dar una explicación razonable a la comezón, pero nada podría haberme causado una alergia alimentaria que hiciera reaccionar mi cuerpo de esa manera. Abrumado por las ansias de rascarme, me quité el saco dispuesto a remangar también mi camisa, convencido que debía exponerse al fin algún extraño salpullido.

     –¡Buenos días! –saludó uno de los asistentes de dirección.

     –Buenos días –continuaba el desfile de saludos impersonales a través de los pasillos como un eco vacío.

     –Gerardo –la voz de mi jefe me sobresaltó ya que miraba absorto mis brazos descubiertos, impactado al no encontrar indicio de inflamación o herida. –, necesito la relación de facturas de octubre de C. Rime. Viene el director a las ocho a revisar las cuentas, ¿lo tienes listo?

     –Todavía me falta agregar las últimas dos… tengo que revisarlas y cuadrarlas con el contador antes de completar el reporte final –balbuceé haciendo el esfuerzo por guardar la compostura.

     –Tienes cuarenta minutos antes de que llegue, así que te recomiendo que vayas a revisarlo en este momento. Cuando las imprimas dáselas en un folder a Carmen junto con el archivo en USB. –asentí sintiendo un nudo en el estómago, tenía tanta comezón que podía notar un ligero palpitar extendiéndose por mi cabeza. –¿Te encuentras bien? –dijo, estudiando mi rostro –Estás pálido, no te habrás contagiado de algún virus ¿verdad? Lo que menos necesitamos es una epidemia. –abrí los ojos un poco sorprendido, no había pensado en la posibilidad que fuera alguna enfermedad.

     –No, en absoluto. Creo que comí algo que me cayó mal anoche –respondí, inseguro.

     –De todos modos, si necesitas ir al doctor, entrégale el reporte a Carmen y ve a que te revisen. –inquirió severamente con una expresión poco convencida. Dio media vuelta y atravesó la oficina hasta desaparecer entre los demás escritorios.

Decidido a terminar el reporte encendí apuradamente la computadora. Esperando a que terminara de iniciar sesión, inconscientemente los dedos de mi mano derecha empezaron a rascar mi antebrazo izquierdo; me di cuenta porque empezó a arderme dolorosamente la piel por la fricción. Cuando se detuvo la comezón, me había rascado con tanto afán que terminé trazando profundos rasguños con mis propias uñas.

Cubrí mis brazos con las mangas de la camisa en un intento por disimular los arañazos, un miedo irracional empezaba a invadir mi mente. Me puse de pie algo aturdido y me dirigí al baño. No podía evitar pensar que la causa, fuera la que fuese, me corrompía desde el interior.

Al llegar cerré la puerta con seguro, sudor frío empapaba mi cuello, axilas y espalda, tras el último ataque de comezón no me di cuenta que estaba ardiendo. Mi propia temperatura comenzaba a sofocarme. Abrí la llave del lavabo, hice una cuenca con mis manos, y me enjuagué varias veces el rostro. Una serie de escalofríos me hicieron temblar convulsivamente contrayendo mis pulmones por el estrés que sufría mi cuerpo, haciéndome toser desesperado por aire.

Usé todas mis fuerzas para cerrar el grifo, pero ni siquiera el agua fresca logró aliviarme. Aferrado a la cerámica del lavamanos apenas lograba mantenerme de pie. Entonces, miré mi reflejo en el espejo frente a mí, lo contemplé por lo que parecieron horas hasta que me ardieron los ojos. Las ojeras se sumían sobre mi piel, parecían agujeros negros, absorbiendo lo poco que me quedaba de energía. Llegó un punto en el que mi cuerpo temblaba oscilante, meciéndose lentamente de un lado al otro, transformando el piso en la ilusión de una arena movediza donde mis pies se hundían y se tambaleaban sin un balance que les permitiera nivelarse. Contuve el aliento al sentir cómo el vértigo volvía a revolver mi estómago, no podía hacer otra cosa que concentrarme e intentar recuperar el control sobre mí mismo. El eco de mi corazón hacía latir mis oídos dejándome parcialmente sordo, aguardé hasta que dejaran de contraerse con violencia, y volví a inhalar profundamente.

Muy por encima del malestar, como una sombra ineludible, reapareció la comezón. Tenía los brazos adoloridos por la fuerza con la que me sostenía, pero ni siquiera el dolor me detuvo. Sin lograr contenerme, caí estrepitosamente de rodillas al suelo para poder rascarme. Abrumado, jalé las mangas que cubrían mis brazos sin importar si rompía la tela de paso, obligándome a entrelazarlos y rascarlos con mayor fuerza al mismo tiempo. Ni alivio, ni consuelo. El mundo a mi alrededor giraba y se retorcía cada vez más, como un espiral que seguía y seguía. Sobre la piel me rascaba maniáticamente hasta sentir la piel arder, la comezón se extendía por debajo como un susurro corrosivo e imparable. Las venas de mis brazos comenzaron a palpitar a plena vista, me bastó verlas un segundo para saber que algo iba mal, muy mal.

Me removí bruscamente; tendido sobre el suelo gruñía asqueado ante mi propio cuerpo.

Mi rostro pálido escurría en sudor, humedeciendo el cuello de mi camisa hasta volverla una segunda piel. Detrás de los rasguños ardían torrentes de sangre desbocados, la sensación de que se movían por cuenta propia me desconcertaba al borde de la demencia.

     –¿Qué…? –se escapó la pregunta de mis labios. La comezón empezaba a dolerme, y a diferencia de las ocasiones anteriores, esta vez no cedía. O quizá fuera que realmente no había cedido antes. Me temblaba tanto el torso que me costaba mantenerme erguido, pero la inquietud de continuar rascándome me atormentaba como una maldición. Durante un instante de verdad creí que mis uñas llegarían hasta mis huesos con la esperanza de detener la ansiedad, pero sólo logré atravesar la piel. Gruesas gotas de sangre brillaban sobre los cortes como resultado de lo que parecía una eterna tortura. La desagradable certeza de que por fin encontraría la causa por la que tenía la necesidad de rascarme sin parar nublaba mi mente.

     –¿Hay alguien ahí? –preguntó una voz del otro lado de la puerta –¡Me urge pasar!

     –Un… momento… –murmuré entre jadeos, lo más claro que me fue posible.

Miré rápidamente a mi alrededor mientras sentía la humedad de mi propia sangre teñirme las uñas, sin lograr detener el vaivén con el que continuaba rascando la piel cortada. El viento que se colaba por la única ventana del baño soplaba con furia, con más frío que antes, o así me parecía… ¿Qué hacer?  ¿Qué podía hacer?

Arrastrando las rodillas e impulsándome con los codos, conseguí llegar hasta el inodoro, tal vez si lograba sentarme sobre la cubierta podría recuperarme un poco para ponerme de pie y salir. De pronto, antes de hacer el intento por levantarme del suelo, punzadas intensas, parecidas a las de una aguja, surgieron de las heridas que tenía en ambos brazos provocando calambres en mis dedos. Algo se contorsionaba entre mi piel.

El shock fue lo único que pudo detener mis propios rasguños; miré en silencio cómo de mi brazo izquierdo empezaba a asomarse lo que parecía una minúscula larva. Al verla, comencé a temblar violentamente, la manera en que se doblaba y torcía me ponía cada vez más inquieto. Di un par de arcadas ante la repulsión que me provocaba y en un ademán me la quité de encima, sobresaltado, rezaba a una deidad de la cual dudaba su existencia que todo fuera un sueño. Podía sentirla todavía en mi piel, retorciéndose. Con la mirada desorbitada, vi que le seguían más, deslizándose entre la sangre. La desesperación de sentirlas moverse, subiendo, hurgando me sobrepasaba. Si hubo un momento en donde mi mente se quebró, fue ese, ante el pánico y el horror estaba indefenso como un niño. Tal vez sí fuera una pesadilla, pues seguro estaba que no podía tratarse de un sueño.

Cerré los ojos, no quería ver más. Pero incluso en la oscuridad podía sentirlas, saliendo detrás de mis globos oculares y escarbando entre mis párpados, royendo por debajo de mi lengua, carcomiendo desde mis entrañas. Un olor putrefacto de carne en plena descomposición me envolvió, tan apestoso que estuve a punto de vomitar, pero hasta para ello me faltaron fuerzas. ¿Cuánto tiempo estuvieron dentro de mí? Larvas, larvas, larvas me devoran hasta el alma.

Continuaban su desfile saliendo desde mi ombligo, subiendo por mi abdomen desparramándose por mi pecho. Todo mi ser sollozaba en silencioso lamento, una a una, las uñas de mis manos y pies cayeron, mientras seguían comiendo la piel que me quedaba. Con el rostro desfigurado, abrí la boca para gritar y pedir ayuda, pero tenía la tráquea bloqueada. Intenté escupir las larvas entre arcadas, pero eran demasiadas. Iba a meter la mano para sacarlas, sin embargo, mi cuerpo ya no me respondía.

El peso de una muerte tan aborrecible me hizo reparar en lo perdido que estaba. Tendría que haber sido capaz de protegerme, de haber sido feliz.

Todo tiene su tiempo

Sentada en la orilla de la banca frente a la avenida principal, Tania miraba el letrero frente a ella sin mucha atención. Distraídamente, después de que el semáforo cambiara a rojo, se talló los ojos con ambas manos sin terminar de asimilar en qué momento había llegado a la estación de autobús. La rutina que le impulsaba a levantarse seis de los siete días de la semana, a las cinco cuarenta y cinco de la mañana, comenzaba a agobiarle al punto de sentir una enorme apatía.

Los nubarrones grises que se arremolinaban en el cielo todavía nocturno anunciaban que el día sería nublado y tormentoso, sin embargo, no hacía ni una pizca de viento. Era un poco extraño, pero le gustaba el frío, incluso podría admitir que lo disfrutaba. A pesar de no haber traído con ella un paraguas, y con sólo un saco puesto, sonreía ante la expectativa. Casi podía imaginar a las personas tiritando mientras huían de la lluvia, el olor a asfalto húmedo y la ominosa melodía de las gotas caer.

A lo largo de su espera, todavía con rastros de sueño reflejándose entre bostezos y sobre sus ojeras, cayó en cuenta que había salido del departamento sin comer ni un bocado. Sabía que lo lamentaría ya que no tendría otra opción más que esperar la hora del almuerzo, a menos que encontrara algún vendedor ambulante o puesto de comida antes de llegar a la oficina. Impaciente, revisó la hora en su reloj de pulsera y una sensación de incertidumbre invadió su corazón. Bajo la luz amarilla de la estación miraba alerta a su alrededor al percatarse que no había ni una persona caminando por la acera, no se veía el enjambre de gente iniciando sus trayectos y actividades, ni el ruido típico del despertar de la ciudad. Cuanto más esperaba, más inusual le parecía aquel sentimiento de soledad.

Sacó del bolsillo izquierdo su celular, tenía varios mensajes sin leer y tres llamadas perdidas, la calma de no sentirse aislada le hizo suspirar en alivio. Desde la pantalla podía ver los nombres de sus hermanas Olga y Katia, seguramente discutiendo sobre cualquier cosa, unos zapatos, un labial, incluso unas galletas, a veces era un verdadero calvario vivir juntas compartiendo el departamento. Las llamadas perdidas eran de su mejor amiga Valeria, quizás también se sentía inquieta por el aparente despoblado de las calles.

Justo estaba por devolver la llamada, cuando alguien más se acercó a la estación del autobús. Debido a su experiencia en asaltos anteriores regresó el celular a su bolsillo, no quería exponerse por no ser precavida. En su lugar sacó del bolsillo derecho una cajetilla de cigarros y un encendedor, el humo del tabaco siempre funcionaba para mantener alejados a los demás, como una barrera aislante que nadie quería atravesar.

En silencio, un hombre viejo tomó asiento junto a ella. Vestía un abrigo azul marino y unos pantalones color gris claro que hacían juego con una boina aperlada. Parecía tan frágil y delgado que al verlo Tania guardó el cigarro que ya tenía entre sus labios a punto de encender.

     –No me molesta, niña. –dijo en tono sereno.

Su voz era rasposa y grave, trasmitía una familiaridad discreta, como si diera la impresión de que se conocieran desde hacían muchos años.

     –¿Niña? –no pudo evitar sonreír ante su expresión mientras volvía a sostener el cigarro con sus labios, hacían muchos años, tal vez demasiados desde la última vez que alguien le llamaba de aquella manera. Giró la rueda metálica del encendedor hasta generar una pequeña flama e inhaló la nicotina en un reflejo monótono. –Gracias –murmuró exhalando el humo.

     –Son tus pulmones, no los míos. –respondió tranquilamente, sin rastro de ironía o prejuicio. –Además, estoy demasiado viejo para que me moleste lo que los demás hagan.

     –De todas maneras, gracias –repitió dando una nueva calada al cigarro.

     –‘De todas maneras’, ¿qué clase de agradecimiento es ese? –fue su turno de sonreír –Sé que los tiempos cambian, pero hay momentos en los que mi mente no logra alcanzar su paso. También sé que poco puede importarte lo que un desconocido predique sobre su vida, es sólo que de verdad me ha sorprendido. –intrigada por lo pintoresco que resultaba su compañero de banca giró su torso para prestarle mejor atención.

     –Imagino que a su edad ya nada le sorprende. –el entrecejo del hombre viejo se arrugó pensativo.

     –No diría que nada, más bien lo inesperado. –dijo después de meditarlo un instante. Tania ladeó su rostro con mayor curiosidad, el espiral de humo que surgía del cigarro parecía alargarse infinitamente hasta perderse en la oscuridad.

     –¿Darle las gracias fue inesperado para usted?

     –Fue el desdén, la indiferencia de una gratitud tan banal –los ojos del anciano se endurecieron –Agradecer es más que el simple hecho de reconocer una acción o gesto hacia tu persona, despreciar el valor que tienen algunas palabras alimenta el vacío que separa la humanidad.

     –Las palabras se las lleva el viento –susurró moviendo el dedo índice sobre el cigarro para desprender las cenizas –A diferencia de usted, creo que a veces le damos mucha importancia a las palabras, ¿qué importa lo que los demás digan?

     –Efectivamente, las palabras se las lleva el viento –asintió lentamente –Pero una vez mencionadas, es imposible evitar que otros las escuchen; aunque fugaces, se vuelven indelebles. De alguna manera cedes una parte de ti a quien te escucha, y esas palabras ya no son sólo tuyas, se vuelven también de alguien más. Su significado ya se encuentra fuera de tu control, por eso depende de qué tan elocuente seas al hablar, el mensaje que deseas transmitir puede o no transformarse. – mientras hablaba mantenía sus manos metidas en los bolsillos de su abrigo.

Tania tenía la mirada fija en la distancia, aquella reflexión le trajo conversaciones entelarañadas por el tiempo con una sensación vívida muy singular. Una plática en particular le inundaba su mente:

–“Sé que eres libre de hacer y deshacer a tu gusto, es tu vida. Pero estamos en esto juntas, así que deberías prestar mayor atención a las personas que tienes a tu alrededor. No siempre estaremos aquí para recoger el caos que te empeñas en llevar a dondequiera que vayas.” le había dicho Olga, su hermana mayor.

“¡Jamás les he pedido nada!, no sé por qué se empeñan en reprocharme algo que nunca ha sido a petición mía. Ustedes insisten en meterse con mis asuntos, con mis cosas, incluso con mi trabajo, no necesito de su ayuda ni la de nadie. Quédense con su lástima, tengo suficiente con todo lo que me guardo.” había gritado furiosa en respuesta.

“¡¿Porqué todavía no lo terminas de entender?! ¡Dios mío, Tania! Katia y yo nos metemos porque te queremos, porque incluso nosotras sabemos que no podemos solas con todo. No es lástima, es apoyo. Si veo que vas a toda velocidad hacia un precipicio no esperes que me quede callada de brazos cruzados, así me grites, así me odies, no me quedaré sin intentarlo. en ese momento se había dado la vuelta y azotado la puerta de su habitación sin nada más que decir, sin tomarse la molestia en entender lo que quería decirle. La importancia que tenían sus palabras.

Cuando el cigarro se consumió por completo, en un reflejo involuntario lo dejó caer al mismo tiempo que gruñía entre dientes por la sensación de ardor que permanecía sobre la yema de sus dedos. Con la planta del pie terminó de extinguir lo que quedaba de la llama antes de hincarse a recoger la colilla y tirarla en el bote de basura.

     –Ojalá todos levantaran sus colillas. –murmuró el hombre viejo, más como un deseo que como una acusación.

Ansiosa, Tania buscó la cajetilla para encender otro cigarro, el autobús estaba tardando demasiado en llegar. Aunque ya no se encontraba sola en la estación, la ciudad seguía inusualmente callada, como si el mundo hubiera olvidado despertar.

     –Disculpe, ¿sabe por qué está atrasado el autobús? –era demasiada su angustia como para no compartirla, quizá hablarlo con el que ahora era su compañero de banca podría calmarla.

     –Es difícil saberlo, llega cuando tiene que llegar. – se encogió de hombros. Aquella respuesta extrañamente le ayudó a reducir el ruido que invadía su mente –Ustedes los jóvenes viven con tanta prisa, con tanta urgencia que olvidan que todo tiene su tiempo. No te preocupes, llegará en cualquier momento.

     –Ojalá mi jefe pensara de la misma manera, <todo tiene su tiempo>. –repitió con ironía sacando otro cigarro –No se tentaría en descontarme ese tiempo, o peor, despidiéndome.

     –No, niña. No me refería a <tomarse su tiempo>, ¡escucha!: todo tiene su tiempo. Así como dedicas el tiempo para esperar el autobús y el tiempo del transcurso para llegar a tu destino, está el tiempo que le dedicas al trabajo. –explicó exasperado con el ceño fruncido –Si has acordado dedicar cierto tiempo a tu trabajo y no lo cumples, ¿qué esperabas, que no hubiera consecuencias?

     –Está bien, tranquilícese, ya entendí. –asintió reconociendo su error al malinterpretar lo que había dicho.

     –¿Ahora entiendes mejor el valor que le damos a las palabras? –perpleja le miró sin poder responderle. No supo explicar qué había sido, pero algo dentro de ella se restauró; tal vez algo que antes no había encontrado su lugar, algo que no se lograba acomodar enteramente, pero ahora gracias a que comprendía sus palabras se ajustó y amoldó casi en armonía. –Muchas cosas no las aprendemos a la primera. Descuida, niña. Todos necesitan más de una vuelta. Lo importante es no olvidarlo, y seguir aprendiendo. –absorta en sus propios pensamientos comenzaba a comprender mientras gruesas lágrimas empezaban a nublar su visión.

Nada era como lo había imaginado; a su alrededor las luces de los edificios en la lejanía se apagaban una a una, lentamente, dejando nada más que la luz de la estación encendida en medio de una oscuridad absoluta. En algún momento reconoció al hombre viejo, como cuando reconoces a un viejo amigo, donde en primera instancia no logras recordar su nombre pero sí su rostro.

     –¿Cómo podré…? –antes de que pudiera terminar de formular la única pregunta que tenía, el hombre viejo se levantó de su asiento sacando sus manos de sus bolsillos.

     –Vamos, niña. Ya está llegando. –entre la tiniebla que les rodeaba surgió el autobús, tan familiar, tan común, como cualquier otro. Entre temblores y lágrimas, Tania se puso de pie dejando caer el cigarro que no había podido encender junto a la cajetilla. El hombre viejo le ofreció la moneda que sostenía en su mano derecha, con un gesto le indicó que subiera y así lo hizo.

A punto de ingresar detrás de ella miró de reojo la cajetilla que había dejado y con dificultad se agachó a recogerla. Con una sonrisa desanimada la guardó antes de subir los escalones del autobús, antes de que la luz de la estación por fin se apagara.

 

© M. N. Matus / 21.09.2019

Olor a sal

La ciudad estaba envuelta en una neblina gris que olía a rocío, a tierra y a sal. Todo el mundo desconocía la razón de aquel fenómeno ya que se encontraban a las faldas de una montaña, tan lejos del océano que no había explicación alguna de aquel eterno aroma a salitre. Para los que por generaciones habían vivido allí, ese misterio conformaba parte de su normalidad, una familiaridad peculiar que les separaba del resto. Aquellos que mantenían la curiosidad y salvaban el enigma del olvido eran los turistas que muy de vez en cuando llegaban, y los niños más pequeños. O eso se decía.

El crujido de la puerta al abrirse abruptamente liberó las risas y gritos de los gemelos Oswaldo y Hugo, que en un estallido de alegría y complicidad bajaron los escalones de cemento emprendiendo el camino a casa de su mejor amigo Martín. Ya los rayos del sol empezaban a disipar la bruma y a despejar los caminos empedrados creando una imagen más colorida. En algunas casas todavía se veían los vestigios de la noche, el mutismo del sueño y la encajosa apatía que parecía impedir a algunos empezar las actividades del día. Al parecer, ese lunes en particular les pesaba a todos.

Un grupo de trabajadores se había reunido para esperar el camión que los llevaría tierra arriba. Mientras los gemelos iban jugando quién aventaba las piedras que se encontraban más alto, no dejaban de avanzar entre el tumulto.

     –¡Cuidado, escuincles! –les gritaban en reproche esquivándolas como podían –¡Le sacarán un ojo a alguien si no se fijan! –los gemelos se miraron entre ellos con expresiones burlonas antes de salir corriendo. Aquello era común, sus ocurrencias eran explosivas y la mayoría terminaba de la misma manera: en huida.

El camino por el que avanzaban ascendía serpenteante por la colina pedregosa. No tardaron en dejar atrás el poblado, y aunque empezaban a adentrarse entre la arboleda, el olor de la sal se mezclaba, penetrante, en el aire húmedo. Iban a un paso ágil, ya que casi todos los días lo subían. Pasaron junto al pozo cercado del que colgaban miles de enredaderas con flores de colores, justo en la entrada de la montaña. Sobre la enorme cubierta de madera al menos cinco gatos maullaban inquietos.

     –Mira esto, –sonrío Hugo llamando la atención de su hermano. De la última piedra que había recogido y que aún guardaba en su bolsillo, en un intento por apuntar al gato más gordo, terminó atinándole a la manija oxidada que todavía tenía sujeta una vieja cubeta de metal. Para su sorpresa, el golpe terminó de aflojar el agarre que mantenía con la cuerda y dejó caer la cubeta sobre la madera que cubría el pozo creando un desastroso bullicio en todas direcciones. –¡CORRE! –atinó a gritar antes de salir despavorido junto al millar de bufidos de los gatos asustados.

     –¿¡PERO QUÉ DIABLOS SUCEDE!? –una voz aguda se hizo escuchar por arriba del estruendo. La mujer que vociferaba con el rostro enrojecido no era otra que la madre de Martín –¡¡¡Claro que tenían que ser los gemelos Guiomar!!! ¡Dios mío!, ¿por qué siempre tienen que traer alboroto a donde quiera que van? –al verla acercarse, en el pánico de zafarse de aquel lío ambos gemelos se manoteaban apuntándose acusatoriamente.  

     –Él tiró… veníamos caminando, ¡entonces…! –se interrumpían entre sí.

     –Pero el pozo… y-y-y, la cubeta…

     –¡Basta, ya! ¡No me interesa quién hizo qué! –manoteaba la señora Georgina –¿Cuántas veces tengo que decirles que no jueguen en el pozo? ¡ES PELIGROSO, SE PUEDEN CAER! Ya no tienen 5 años para que esté detrás de ustedes, ¡son unos jovencitos de 13 años! ¡Compórtense como tal!

Entre los gritos se escuchó un portazo, del otro lado del camino frente al pozo se encontraba la casa de donde salió Martín alarmado.

     –Mamá… –le llamó en un intento por tranquilizarla.

     –Nada de mamá, Tino. –no hubo ninguna protesta después de aquella advertencia –Cuidadito y los vea jugando cerca del pozo, ahora váyanse antes de que cambie de opinión y los regrese a su casa. –su palabra era ley y era mejor no tentar a la suerte.

Esperaron a que hubiera regresado al interior de la casa antes de soltar una risa traviesa. Martín no tardó en comprender que todo había sido un accidente, que realmente no querían nada con el pozo. –Saben cómo se pone con el pozo, ¿por qué a fuerzas tienen que llevar la contraria?

     –No quería destruir nada, Tino, lo juro –dijo Hugo bajando la mirada.

     –Además, no sabíamos que le molestaba tanto a tu mamá –abogó Oswaldo empujando levemente con el hombro a su amigo.

     –¿De verdad nunca les he contado sobre el pozo? –susurró abriendo exageradamente los ojos, muy pocas cosas le perturbaban tanto como la situación del pozo; después de mirar sobre su hombro en su dirección les hizo un gesto para que se acercaran y poder contarles el secreto –Hace muchos años, cuando mamá era apenas una niña, mis abuelos intentaron sanar el pozo.

     –¿Sanar? –preguntaron en unísono.

     –Decían que si excavaban más profundo volvería el flujo del agua, –sus cabezas estaban tan cerca que casi podían tocarse la nariz –en ese entonces se creía que el río cruzaba por debajo de la montaña, que de ahí originalmente salía el agua del pozo. Una gran mentira, obviamente. –los gemelos arrugaron el ceño al mismo tiempo.

     –¿Y… qué pasó? –murmuró Hugo.

     –Mamá dice que el tío Alfredo fue quién descendió con la pala y que al asomarse, ninguno podía ver el fondo, tal vez por tantas otras generaciones que tuvieron que cavar por el mismo motivo. Sin embargo, cuando decidieron subir la cuerda de donde estaba sujeto en el momento en que ya no alcanzaban a escuchar su voz, no regresó. –la profunda intriga de la historia parecía hacer brillar los ojos de los hermanos.

     –Pero, ¿no bajó alguien más a buscarlo? –gruñó Oswaldo con un tono nervioso.

     –El abuelo lo intentó, pero mamá dice que cuando estaba apenas unos 8 metros de profundidad, la abuela empezó a alterarse mucho, gritó y ordenó que lo subieran. –con temor a que su mamá saliera de pronto sin que la escuchara, revisó rápidamente su alrededor antes de continuar la historia –Después de que papá me contara la razón por la que mamá se oponía a que jugáramos cerca, fui a preguntarle a mi abuelo si había visto algo antes de que lo sacaran del pozo. Me dijo que lamentaba mucho no haber podido rescatar el cuerpo de mi tío, y que de algo estaba seguro: el olor a sal llega de allá abajo. No sabía explicar por qué, pero que pudo sentirlo antes de regresar al exterior.

     –Imposible. –murmuró Hugo sin creerlo –¿Dentro del pozo? ¿De allá abajo? No puede ser.

     –Papá nos contó que cuando intentaron hacer un estudio varios años atrás, un grupo de científicos expusieron que el subsuelo tenía un mineral raro que liberaba una carga de sodio desde la cima de la montaña, pero no tuvieron resultados concluyentes que les diera la razón. –dijo Oswaldo todavía escéptico.

     –Solo les cuento lo que el abuelo creía, tampoco estoy seguro si sea verdad. –respondió alzando los hombros.

     –¿Tú te has asomado, Tino? –Martín se quedó pensativo, la verdad era que nunca había visto dentro.

     –No. –sentía las piernas como gelatina, desde que su abuelo le contara a detalle el miedo, la claustrofobia de un interminable túnel de piedra y la oscuridad más negra que cualquier noche, se aferró en su mente la necesidad de averiguar qué había allá abajo. Podía sentir el temor erizando su piel solo de imaginar si al asomarse viera los restos de su tío.

Entonces Hugo golpeó el puño derecho contra su palma izquierda rompiendo el silencio. Martín conocía esa mirada resuelta y giró preocupado a ver a Oswaldo, si alguno de los dos era más sensato era él. Casi podía leer en su expresión absorta que estaba pensando lo mismo que su gemelo, querían ver con sus propios ojos lo que escondía el pozo.

     –Hay que asomarnos, –dijo Hugo –así sabremos si tu abuelo tenía razón.

     –Si se entera mi madre nos matará a los tres.

     –Pues hay que asegurarnos que jamás se entere. –susurró Oswaldo asintiendo.

Martín se lamentaba en silencio. Lamentaba no ser más valiente, más decidido y más seguro de sí mismo, pero al mismo tiempo agradecía tener aquel par como amigos y que le contagiaran un poco de su determinación. Caminaron distraídamente entre miradas cautelosas en caso de ver la sombra de la señora Georgina cruzar alguna ventana, pero en ningún momento se asomó.

Cuando cruzaron el cerco de madera Hugo fue el primero en acercarse, pensó que sería sencillo mover la tapa de madera porque no se veía tan gruesa, pero era tan pesada que ni siquiera pudo empujarla un centímetro. Con gesticulaciones le pidió a Oswaldo que le ayudara a empujar mientras Martín levantaba la cubeta que se quedó tirada entre el yerbajo, aunque sus esfuerzos fueron en vano. Pese al afán, los gemelos negaron mirando a Martín, que cuidadosamente colocó con un suspiro derrotado la cubeta sobre la madera. El eco del golpe retumbó al interior del pozo generando un sinfín de rebotes. Aguantando la respiración y sin parpadear los tres miraban la casa esperando alguna escena furiosa en respuesta, sin embargo, un murmullo los distrajo.

Fue como una larga y entrecortada exhalación. Martín empezó a temblar sin comprender, su instinto le gritaba que se alejara de ahí, que era un error perturbar lo que sea que estuviera allá abajo. Los gemelos tenían otra intuición, cada uno pegó su oreja a la madera en un intento por escuchar mejor. Hasta buscaban las ranuras que podría tener la madera para agudizar el oído.

     –Tenemos que irnos –insistió Martín dando un traspié.

     –¿Qué es? ¿Es el viento? Suena como una onda…

     –No, es como un rumor –cambiando de oreja Hugo se dio cuenta que Martín estaba al borde de un ataque de pánico. Le dedicó una de sus sonrisas más burlonas y le hizo un gesto con la mano para que se acercara a escuchar con ellos, indicándole que era seguro. A pesar del horror que le invadía, el pensamiento de quedarse en la eterna duda le perturbaba más.

Con la oreja apretada contra la madera escuchó el eco de un vaivén conocido. No comprendía cómo, pero reconocía aquel susurro. ¿Acaso eran los únicos que lo escuchaban? ¿Su abuelo lo había escuchado entonces? ¿O es que absolutamente nadie le ponía atención?

Si lo que escuchaba no era una alucinación por el miedo, ¿cómo podía ser posible? ¿podría ser…?

     –Oleaje –dijo en un hilo de voz Martín –Creo que es el mar.

 

© M. N. Matus / 04.08.2019

Recuerda, Tato

Despertó abruptamente con una extraña sensación de urgencia, como si alguien le hubiera llamado por nombre varias veces antes de abrir los ojos. El televisor, todavía encendido, anunciaba el resumen de las noticias del día mientras intentaba enfocar la mirada, sintiendo como un sudor frío surcaba su frente. La luz que entraba por las ventanas le daba la impresión que ya eran más de las cinco de la tarde, y aunque parecía que su cuerpo hubiese permanecido años inmóvil, entre quejidos alcanzó la palanca del sillón reclinable en el que se encontraba recostado para poder incorporarse. A través de una serie de imágenes borrosas buscaba a ciegas sus lentes sin estar muy seguro en donde los había dejado, trastabillando en la búsqueda con un vaso de leche con menta, una taza de café negro, una pila de libros y un frasco de miel sobre el mantel bordado de la mesa que tenía a un lado.

     –¡Demonios! –murmuró entre dientes en un gesto exasperado, podía apostar que debían estar por ahí, sin embargo, tampoco lograba acordarse con exactitud el momento en que se había quedado dormido.

Cerró sus ojos en un intento de recobrar el temple, seguir buscando de aquella manera solo le daría vértigo, debía concentrarse, estaba consciente que su mente de 76 años no se la podía tomar a la ligera. Debía armonizar su interior y tener paciencia consigo mismo, podía recordarlo, sabía que aún podía. Recuerda, Tato, desde el inicio:

Se había levantado antes del amanecer, aquellas mañanas donde despertaba hasta las ocho o nueve se esfumaron después de tantas décadas de sueños. Sus lentes habían estado en su pequeño buró, lugar predilecto para antes de acostarse y había ido al baño a vaciar su vejiga, a lavarse la cara y a ponerse la prótesis de los dientes. Había preparado un huevo revuelto con pan tostado y una taza de café, no lavó los trastes sucios ni el sartén porque el agua del grifo estaba demasiado fría para sus articulaciones, y en su lugar había regado las plantas que se esparcían en diferentes macetas por toda la casa. A mi Quina le encantaban las flores. A media mañana el cielo parecía querer nublarse, entonces se puso un suéter grueso de lana verde, agarró el paraguas y salió al parque de Los Berros a caminar con sus viejos amigos, Pedro y Eduardo, jugaron varias partidas de ajedrez y antes de despedirse, con pesar le recordaron la fecha de la misa de la difunta esposa de Enrique, evocando inevitablemente el recuerdo de la misa que fue en honor a su esposa Joaquina casi un año atrás. Había comprado manzanas verdes de regreso a casa justo antes de que empezara a llover a cántaros, fue cuando el frío le caló hasta los huesos, encendió el televisor y cansado por el dolor del reumatismo se sentó en el sillón para untarse crema de eucalipto en sus rodillas.

¿Qué había hecho después de usar la crema? La expresión remarcada sobre su arrugado entrecejo se le veía intensa con un aire reflexivo. Su concentración emanaba una sensación natural y serena. La forma de echar a andar su mente, su pequeño ejercicio mental, era demasiado minucioso para que aquello fuera una simple remembranza. Era un hábito enseñado, un método personal en el cual se evidenciaba una manera de vivir nueva, el acoplarse a una soledad densa que no era fácil a su edad.

     –¿Dónde la puse? –murmuró en voz alta, todavía sus ojos se mantenían cerrados, con las manos sobre sus rodillas sintiendo el alivio de la crema que se había puesto. –La usé y la dejé a un costado… –decía con ademanes siguiendo sus propios movimientos con las manos. Allí estaba el bote de crema, y al sentirla con sus dedos, sonrío victorioso, ya que de inmediato recordó que después de haber reclinado el respaldo y acomodado sus piernas, había guardado del otro lado del asiento los lentes. Y así como con la crema del lado derecho, sumergió la mano izquierda por la grieta del cojín hasta sentir el armazón metálico de los lentes y con cuidado sacarlos.

     –¡Vaya lío! –soltó una carcajada dando unas palmadas antes de abrir los ojos ya con los lentes puestos.

Al igual que todas las tardes, después de levantarse y apagar el televisor, caminó por cada una de las habitaciones de su hogar, revisando ventanas y acomodando libros que sin duda él había cambiado de lugar. Miraba por minutos, en algunos días incluso por horas, las pinturas colgadas que había dejado su ángel, su querida esposa Quina, y le rezaba en silencio agradeciendo una vez más haber compartido su vida y su arte, sin embargo, no podía evitar preguntarse: ¿Por qué se había ido antes que él? No entendía como una mujer tan saludable, tan brillante y tan amable se había quedado sin vida cuando faltaban muchos años por delante. Tampoco entendía por qué siempre había tenido la idea de que moriría primero. A pesar de todo, seguía agradecido. Habían compartido una vida llena de logros, de aspiraciones, de amor.

     –¿Qué te parece el color de los tulipanes, Tato? –casi podía escucharla en sus recuerdos mirando el cuadro de un campo inmenso de diferentes colores.

     –Me encanta –le había respondido, sabiendo mejor que nadie que era su flor favorita.

     –Lo que daría por tener un jardín repleto de ellos, sería mágico ¿verdad? –sonrió abiertamente mientras mezclaba colores en la paleta que tenía en su mano.

     –Algún día tendremos uno, Quina, te lo prometo. –en ese momento corría el año de 1971, ¡cuánto tiempo de aquella agradable tarde de abril!

Notó como la mirada se le empañaba por las lágrimas, y sacó un pañuelo de papel del bolsillo de sus pantalones. Con el paso del tiempo, esas pinturas se volvieron su tesoro más valioso, podría perder libros y retratos, pero jamás los cuadros. A partir de la noche en que falleció su querida esposa, fue incapaz de recuperar la normalidad de su rutina, siempre se encontraba merodeando con la interminable idea de que faltaba algo que le llenara. Como si se hubiera quedado atrapado en un círculo infinito del cual no encontraba la salida.

Con forme iba avanzando la tarde, el gélido viento de otoño soplaba por la ciudad haciendo eco por los rincones. De repente, sin razón aparente, se escuchó un golpeteo en la entrada principal sacándolo de sus pensamientos. Quizás era algún vecino puesto que no esperaba visitas, o tal vez era alguien repartiendo volantes ya que de vez en cuando llegaban desconocidos promocionando nuevos productos.

Nadie. No se encontraba nadie del otro lado de la puerta. Por un instante temió que hubiera tardado demasiado en abrir, pero al intentar dar un paso para asomarse a la calle unas cajas de cartón le impidieron salir del pórtico. Al verlas, no podía salir de su asombro, incluso con su nombre escrito en cada una de ellas no lograba entender quién podría haberlas enviado. Cierto es que incluso se agachó a tantear su peso y sopesar si tenía la fuerza para meterlas a la casa por sí mismo. Eran de un tamaño pequeño, de treinta por sesenta centímetros a lo máximo. Mientras alzaba la primera aumentó su sorpresa al notar lo ligero que era, avanzó a paso lento hasta el comedor donde acomodó las tres cajas cuidadosamente.

En el fondo, crecía una curiosidad que había creído que no volvería a experimentar. Cuando rompió la franja de seguridad de la caja más cercana con las llaves que tintineaban colgadas de su cinturón y desenfundó las aletas, se aventuró en su interior, descubriendo que estaba repleta de algo parecido al heno. Una hierba amarilla muy voluminosa, pero mucho más suave y más brillante de aroma dulce, por más que la miraba menos entendía lo que veía. Paciente, a cuestas del misterio, abrió las otras dos cajas encontrando más de aquella hierba, lo cual era contradictorio al peso que había ponderado al momento de moverlas. A pesar de ello, no se dio por vencido. Se sentó en una de las sillas y esperó, suponiendo que algo eventualmente sucedería. Y sucedió.

Una a una, diminutas orejas empezaron a asomarse inquietas, sacudiendo las cajas a la par que se movían en su interior. De no ser por su sentido con la naturaleza, abría titubeado, pero metió las manos con confianza pillando con cautela a uno de sus nuevos inquilinos. Eran un total de once gatitos, tan pequeños que podía calcular que no eran mayores a un mes, todos pelirrojos, todos de ojos verdes y de narices rosas; bastó con mirar sus ojos grandes y sus patitas peludas, para saber que quién sea que fuera la persona que los hubiera enviado, no quería que estuviera solo.

Aunque había pasado una década y media desde la última vez que recordaba que tuvieron una mascota, aún podía escuchar las palabras de Quina cuando adoptaron su primer perrito juntos: –¡Pero si es lo más fácil del mundo, Tato! Un día de éstos tendremos corriendo varios en nuestro jardín de tulipanes, ¡y gatos, y patos, y tortugas! Y ya verás cómo crecerá nuestra familia.

 

© M. N. Matus / 26.08.2019

El testamento

Dos meses habían pasado desde el entierro de mi tío Santiago, el mayor de cinco hermanos. El aroma a estofado recién horneado inundaba la casa ya que desde el día en que nos habían anunciado sobre el terrible accidente, mi madre parecía incapaz de salir de la cocina. Llevaba así días, de pie, picando, batiendo, pelando y esperando con la mirada perdida entre las cazuelas y el horno, intentando silenciosamente alejar el luto que parecía romperle cada vez más el corazón.

Un suspiro agobiado se escapó de mis labios cuando crucé las puertas dobles haciendo que girara a verme, su tristeza me hizo estremecer, la pena que se reflejaba en sus ojos parecía imposible de consolar; impaciente tomó el cuchillo para continuar cortando las zanahorias, yo por mi parte me aparté de su camino con un gesto nervioso y me senté en una de las sillas de la mesa del desayunador. El repicar del metal sobre la madera rebotaba por las paredes, más allá de la puerta abierta, en el patio trasero el cacareo de las gallinas peleando por el alimento anunciaba las siete de la mañana.

     –¿Abriste las cortinas del estudio? –me sacó de algún pensamiento perdido –Sabes que tu padre prefiere la luz natural por las mañanas.

     –Sí, mamá. –respondí sin apartar la mirada de las gallinas que iban y venían –Cambié su tintero y acomodé el correo junto a los periódicos del día.

     –Siento mucho que tengas que atrasar el día de hoy tus lecciones sin previo aviso, anoche recibí una nota urgente en donde avisaba que pasadas las nueve y cuarto vendría el abogado a entregarnos los últimos papeles, y tu padre tiene asuntos que atender después del desayuno así que no podrá estar presente.

Al escucharla, sentí un nudo apretarse en la boca de mi estómago, la miré con el rabillo del ojo y noté como se limpiaba las lágrimas con su delantal. Me incorporé para llegar a su lado y con delicadeza le puse mi mano sobre el hombro derecho en un gesto cariñoso.

     –No pasará nada por un día – murmuré restándole importancia, recargando ligeramente mi cabeza con la suya. Asintió poniendo su mano sobre la mía para darme un tierno apretón antes de señalarme una bandeja servida sobre la barra con una taza humeante, una cremera y una azucarera, unos panecillos recién horneados, un frasco de mermelada de zarzamora y unos cubiertos de plata.

     –Llévale el café antes de que baje, déjalo con cuidado a un lado de los periódicos.

Me acerqué por ella y a paso certero crucé la estancia en silencio, conforme avanzaba no podía evitar seguir pensando sobre la manera impulsiva con la que se aferraba mi madre a la cocina, como una maldición que nada ni nadie podía quebrantar. De repente, recordé la ocasión anterior en donde actuó de la misma manera cuando falleció mi abuelo y volví a suspirar cansada; en aquel luto le había tomado más de seis meses para resurgir de ese estado de dolencia. Pese a lo lento de mi cauteloso avance a través de la casa, logré llegar antes que papá y entrar sin prisas de nueva vuelta al estudio.

Una vez acomodada la bandeja sobre el escritorio, escuché el crujir de la madera de los escalones y con una sonrisa le esperé de pie.

     –Buenos días, papá. –le saludé mientras esperaba a que cruzara la puerta.

     –Por lo visto, tu madre aún se refugia en los misterios de la cocina –dijo acercándose a darme un beso en la frente –cuando esté lista saldrá, ya lo verás. –auguró antes de acomodarse en la silla giratoria, y no fue hasta después de preparar su café con un poco de crema y una cucharada de azúcar que me atreví a preguntar sobre el regreso del abogado.

     –Papá, pensé que el señor Barragán había resuelto todos los pendientes después del funeral, no entiendo por qué tiene que regresar a perturbar de nuevo a mamá, además ¿de verdad no podrías recibirlo en su lugar? –me miró con la paciencia que claramente estaba perdiendo y asintió escuchándome.

     –La razón, querida, es su testamento. Sabemos que nunca se desposó, ni tuvo descendientes, sin embargo, tu preciosa madre era su hermana preferida. A decir verdad, y para sorpresa mía, al parecer la ha nombrado como única heredera de sus tierras y bienes, sin embargo, ya que su muerte fue cubierta por el velo sombrío de un accidente era de esperarse que se llevara a cabo una investigación especial. –me explicaba a la par que untaba dos panecillos con mermelada.

     –¿Investigación? No veo la razón para ello, recuerdo haber escuchado a mi tío Alonso y a mi tía Cecilia hablar sobre la resolución de la policía días antes del funeral, dijeron que iba montado a caballo hacia la capital en plena tormenta y por la oscuridad de la noche no vio venir el camión de carga que al final terminó con su vida. –de las conversaciones adultas que de vez en cuando lograba escuchar a mis dieciséis años era de mi entendimiento que se realizaban las investigaciones especiales a los fallecimientos de causa sospechosa o que tuviera factores turbios, si la muerte de mi tío Santiago figuraba como una de ellas podría provocar una fuerte recaída a mamá.

     –Y buen juicio demuestra tu suposición, querida, me siento adulado por el simple hecho de que una hija mía pueda sacar tales conclusiones a tan temprana edad –su sonrisa orgullosa me hizo sonrojar.

     –Hija única querrás decir, papá. –le corregí devolviendo una sonrisa.

     –Por supuesto, mi única y querida hija –se corrigió a sí mismo antes de morder el último bocado del panecillo que tenía en su mano, y cuando terminó de masticar se limpió con la servilleta que tan diligentemente había doblado mamá debajo de la taza de café –El caso de la muerte de tu tío Santiago, como la mayoría de los accidentes que suceden en los caminos y avenidas, necesita ser verificado por las autoridades antes de cualquier repartición de bienes. Se agilizó su investigación al haber más de un testigo, de cualquier forma, el señor Barragán ha estado notificándome semanalmente, por ello me siento en confianza de dar la privacidad que merece tu madre al recibir su herencia. Además, estarás con ella, mi presencia no es imperativa. Yo por mi parte tengo que ir a recibir el nuevo cargamento de Cartagena, aunque te dejaré una carta expresando mi más sincero agradecimiento por sus servicios hacia nuestra familia.

     –¿Cuándo me dejarás acompañarte, papá? –pregunté de manera impulsiva.

     –Muy pronto, querida, muy pronto. –la desilusión de una respuesta tan ambigua y elusiva como aquella borró la sonrisa de mi rostro, y aunque estaba segura que papá lo había notado, abrió el periódico y desapareció sin decir ni una palabra más tras las enormes páginas de noticias. No había sido la única ocasión en la que hacía aquella pregunta. Deseaba conocer el mundo tanto como me fuera posible, mirar con mis propios ojos lo que escondían las tierras lejanas apartadas por mares y océanos por el sencillo motivo de que, dado a ser mujer, sabía muy bien que mi lugar era otro, que incluso al ser su primogénita ni con todas mis lecciones juntas evitarían mi verdadero destino.

Aquel 06 de noviembre de 1876 mamá recibiría la herencia de su hermano mayor y yo conocería un legado que jamás hubiera imaginado.

 

© M. N. Matus / 08.08.2019

Mi sentir

El primer relámpago resonó tan cerca, que las ventanas de los edificios vibraron en unísono. Por unos segundos se iluminó el cielo mientras el diluvio bañaba las calles, y pese a haberse desvanecido, la ciudad todavía aguantaba la respiración en expectativa del siguiente. Entre la multitud de sombrillas, una joven avanzaba a paso apresurado con nada más que le protegiera de la lluvia que un impermeable blanco sobre sus hombros y unas botas de cuero. A nadie parecía importarle su apuro, ya que le dejaban escurrirse como pudiera a través del espacio entre cada uno sin si quiera apartarse o hacerse a un lado. Todos los lugares estaban saturados por la salida de las oficinas y escuelas vespertinas, más aún al ser viernes por la noche, que era el inicio de descanso para muchos. Aquello no importaba porque se dirigía al único lugar que invariablemente estaba disponible, ya que el café ‘Macchiato de Bolsillo’ se encontraba en la parte posterior de una tienda de reparación y venta de relojes antiguos.

El establecimiento se mantenía ubicado en contra esquina de uno de los comedores más famosos de la colonia, sin embargo, era inusual que tuvieran más de dos clientes al mismo tiempo. De modo que era perfecto para reuniones íntimas o de último minuto que, en su caso, era ambas. Agitada por el esfuerzo, se quitó la capucha del impermeable para tener mejor visibilidad al mismo tiempo que empujaba la gruesa puerta de cristal; aún podía sentir cómo el agua helada se colaba por su cabello hasta su cuello. El olor a anticorrosivos para limpiar metales y aceros era lo primero que daba la bienvenida, seguido de un coro conformado por un millar de segunderos y péndulos. El señor Gregorio, quien era el actual dueño de la relojería, se encontraba detrás del mostrador inclinado haciendo reparaciones sobre un reloj de pulsera.

     –Buenas tardes –saludó con tono neutro sin apartar la mirada de su trabajo.

     –Buenas tardes, Don Gregorio –devolvió el saludo desabotonando el impermeable. Al reconocer su voz cerró cuidadosamente la tapa del reloj dejando la herramienta que tenía en la mano derecha y mirarla.

     –¿Cómo sigue Jorge? –preguntó al instante con un sutil tono de angustia antes de apuntar con un gesto de la barbilla el perchero que tenía enfrente. Obediente de su insistencia muda, colgó sin alegar el impermeable del cual todavía chorreaba agua.

     –Todo resultó bien, –respondió con calma –salió de la operación hace una hora y pronostican que va a recuperarse sin problemas. –un brillo de alivio surgió desde lo más profundo del corazón del señor Gregorio, el abuelo Jorge había sido su amigo desde hacía más de cincuenta años.

     –¡Pao! –se escuchó un grito desde el fondo del local. Dentro del laberinto de vitrinas con relojes, salió corriendo otra joven con delantal –Pensé que no te daría tiempo de darte una vuelta…

     –Espera, Emi, espera. –le detuvo el señor Gregorio tratando de que la interrupción de su nieta no le sacara de quicio –Pero, ¿se encuentra fuera de peligro? ¿ya no necesitará más operaciones?

     –Fue la última, el doctor dijo que necesitará monitorearlo por seis meses, pero estará bien si sigue el tratamiento. –pudo notar un ligero temblor en sus manos, desde que le había contado de los problemas del corazón de su abuelo, sabía que sufría por no poder ir a verlo al hospital ya que la condición de sus pulmones se lo impedía.

     –Si le pasara algo, tengo que ser el primero en saberlo. –Paola asintió dándole la razón, sabía que lo decía con suma seriedad, así que tenía que responderle de la misma manera.

     –No se preocupe Don Gregorio, le prometo, si ocurre cualquier cambio vendré en persona a decírselo. –le aseguró con convicción, y con ese comentario el señor Gregorio dio por terminada la conversación regresando su atención al reloj que tenía sobre la mesa.

     –¡Vamos! –murmuró Emilia jalando a su mejor amiga de la mano, quien le siguió sin reproche.

Si tuvieran que describir su amistad, en una palabra, sin lugar a dudas sería inevitable. Incluso antes de nacer, sus madres, en una ilusión del futuro habían imaginado que sus respectivos bebés se hicieran amigos. Por suerte, aquel deseo se cumplió, y desde que tenían memoria habían estado juntas. Pero lo que aquella tarde lluviosa les unía era algo más, algo ajeno a su amistad.

Después de cruzar la última vitrina, el aroma a café se imponía delicadamente sobre el limpiador de engranes transformando la estancia en una más cálida, más amena. Con un espacio tan reducido como aquel, sólo había tres mesas redondas de madera en las que cabían dos sillas por cada una, acomodadas frente a la barra de café donde estaba la máquina para preparar el expreso. Sobre la pared detrás, una serie de tres repisas exponían los granos de café y la variedad de tazas personalizadas en las que se podían servir las bebidas. Aprovechando que el lugar no tenía clientes, las dos cruzaron al otro lado de la barra sin preocupación.

     –Revisé todas las cajas que quedaban, –dijo Emilia abriendo uno de los cajones y sacar un sobre amarillento – es la última.

     –Lo que me pregunto es si alguna vez nos tocará vivir una historia así –murmuró recogiendo su cabello húmedo con una liga. Paola era la mayor de ambas, y por más que lo intentara disimular, era muy indecisa y corta de vista, acostumbrada a estar sola cuando no estaba con Emilia, y sin mucha gracia ni sentido del humor.

     –¡Por supuesto que sí! –exclamó con una sonrisa, el corazón de Paola dio un vuelco ante el optimismo de su mejor amiga. Nadie podía ser más diferente, alegre y elocuente, cariñosa por naturaleza y de espíritu libre, dos opuestos si alguno tendría. Le devolvió una sonrisa, aunque sin tanto entusiasmo, antes acercarse a leer lo que había en el papel.

     –Gregorio –leyó en voz alta intercambiando una mirada cómplice con Emilia, giró el sobre con delicadeza para abrirlo y sacar la carta –:

“Mi amado Gregorio,

Dios bendijo mi vida como mujer contigo en ella. Es importante que lo diga ahora, porque no sé si habrá otra ocasión, sabes que mi padre ha tomado la decisión de llevarme con mis tías a Santa Rosa y he tenido que forzarlo a escucharme. Conoces mi sentir, el miedo de volver a perderme en la oscuridad, no permitiré que nadie más vuelva a imponerme órdenes, ni mi padre, ni mi madre, ni la sombra del hombre que me dejó. A veces creo que eres el único que me ve por quién soy, y no por lo que he vivido. Nunca, ni una sola vez me has repudiado por ello, por el divorcio que me fue impuesto, y que, a diferencia de mi propia familia, me respeta y reconoce mi dignidad. Por esta misma razón no puedo aceptar tu propuesta, no puedo privarte de una vida que pueda ser dichosa y sin prejuicios, la insignia de ser renegado por la sociedad y por tu familia es arrebatarte demasiado.

He aprendido, Gregorio mío, a amarte como no pude amar a nadie antes. La vida es difícil, no perdona ni consiente sin un gran costo, por cada paso que logras avanzar puede haber diez caídas. He decidido pelear mi batalla, pero como lo he dicho, es mía y solo mía. Rezo para que algún día entiendas que el amor que te tengo es lo que me ha dado la fuerza para tomar esta decisión, a no ser egoísta y alejarte conmigo a un futuro repleto de adversidades. Deseo con toda mi alma que encuentres la felicidad con una mujer que merezca tu corazón y comparta el honor de vivir a tu lado. Incluso ahora, mientras escribo lo que sé que es correcto, siento como mi valor me traiciona, permitiéndome imaginar un mundo juntos, amándonos sin rechazo o desaprobación. No, debo detenerme ahora que todavía tengo fuerzas, y dejarte ir.

Me iré en unas horas cumpliendo la amenaza de mi padre, cortando toda conexión con mi familia. No puedo escribir más detalles porque sé que querrás buscarme, y la Virgen sabe que te estaría esperando. Espero que puedas perdonarme, amor mío. Que Dios te bendiga siempre, quiero que sepas que rezaré todos los días por tu bienestar y alegría.

Si pudiera despedirme besaría tu frente, tus ojos y tu boca, acariciaría tus rizos divinos y te abrazaría tan cerca que pudiera sentir tu corazón. Una parte de mí siempre estará contigo, así como me llevo una parte de ti para seguir viviendo.

Mercedes del Socorro Santillán Romero,
03 de abril de 1957.”

Paola se quedó en silencio, por un momento sintió el eco de los sentimientos de la persona que había escrito la carta como suyos y le dejó sin palabras. Cerró los ojos en un intento para retener las lágrimas, pero no tuvo éxito, dejó la carta sobre la barra y llevó ambas manos a su rostro. Emilia le abrazó entre sollozos sin saber qué decir, la realidad detrás de la historia en aquellas cartas era completamente desoladora.

A lo lejos el esplendor de un nuevo relámpago iluminó los relojes de la tienda, sin embargo, ni el fuerte retumbar que se hizo escuchar por los cielos hizo titubear la mano del señor Gregorio, que con la mayor concentración restauraba el reloj que necesitaba ser compuesto.

 

© M. N. Matus / 20.07.2019

Color cerúleo

Después de lo que pareció un día interminable, suspiró aliviado de estar de regreso. Con todas las luces apagadas, la estancia mantenía ese aura de desolación, de soledad. Una vez más, había olvidado abrir las cortinas antes de salir, y la poca luz que lograba colarse entre ellas hacía un baile fugaz que se extinguía tan pronto empezaba.

Entre tanteos, estiró su brazo derecho buscando la mesa. Por más que intentaba recordar si aún quedaba algo comestible en el refrigerador, su memoria no parecía estar al tanto. Cuando sintió la fría superficie de madera, dejó caer las llaves. Tenía más hambre de lo que daba crédito, pero la realidad era, que si no recordaba si quedaba algo para recalentar, la probabilidad de encontrar algo era nula.

Con movimientos cansados se quitó la mochila que llevaba a su espalda y la dejó a un lado de la puerta. Hizo un gran esfuerzo por no admitir que tendría que salir por algo de comer mientras caminaba hacia la cocina, pero el sonido del crujir de un vidrio le llamó la atención. Giró hasta encontrar el interruptor de luz y encenderlo. Restos del vaso de vidrio que había dejado en la mañana se esparcían sobre el piso.

     –¿Qué…? –murmuró al ver un camino de diminutas gotas de sangre.

Lentamente, con la calma de la que era capaz de reunir en ese momento, siguió en silencio el rastro hasta llegar a la alacena debajo del fregadero donde se lavan los trastes. La esquina inferior de una de las compuertas estaba manchada, era casi imperceptible, pero allí estaba.

Sin apartar la mirada, con un ligero temblor sacó el celular de su bolsillo. Mentalmente se repetía que si fuera algún roedor, seguro sería una rata. La semana pasada había visto al conserje, el señor Juan, poner algunas trampas en las escaleras entre el tercer y cuarto piso. De un solo vistazo a la pantalla lo desbloqueó, y activó el flash como lámpara de mano para tener mejor rango de visión. Sin embargo, el breve instante de temor que sentía se esfumó, en su lugar una curiosidad genuina brillaba en sus ojos. Estudiando las marcas de sangre, empezó a notar que no eran simples rasguños, sino más bien minúsculas huellas de manos. ¡Pero era imposible!, ¿cierto? –No puede ser. –dijo en un hilo de voz.

Con cautela y de cuclillas acercó su celular hasta estar no más lejos de cinco centímetros. Ante la cercanía de la luz, un color cerúleo destelló de regreso como un reflejo fraccionado. Inclinándose cada vez más, comparó el tamaño de una de las más nítidas con su dedo meñique, podía cubrirla sin dificultad con su yema. Una criatura que tuviera extremidades tan pequeñas cabría en la palma de su mano. Abrumado ante la idea, se levantó de golpe, podía sentir el temblor de sus manos aumentar hasta sentir un leve mareo.

El rechinar del vidrio le sobresaltó dando un traspié. Sujetándose con ambos brazos sobre la barra detrás suyo, suspiró ansioso. Tenía que aclarar su mente, despejarla de pensamientos surreales. Volvió a desbloquear su celular para apagar la lámpara y dejarlo a un lado, si no levantaba lo que quedaba de aquel vaso en ese momento le volvería loco. Con la mirada buscó el trapo con el que limpiaba sus desastres culinarios, pero no parecía estar en ninguna parte. Tal vez lo habría dejado en su habitación, no era extraño que lo tuviera allá con todo lo que podía derramar a diestra y siniestra.

Resignado, se conformó con una servilleta de papel. Uno a uno levantó del suelo los pedazos más grandes y algunos de los pequeños que podía levantar con los dedos; el resto los barrió con la escoba que tenía en el rincón. Cuando la superficie estuvo libre de cristales, agarró un puñado de servilletas para limpiar la sangre.

Una vez más, de cuclillas, miraba anonadado la escena frente a él. Delicadamente, limpió las primeras cuatro gotas, y para su asombro, al absorberlas el color rojizo se expandía sobre el papel hasta mezclarse entre tonos azulados. Al alzarlo hacia la bombilla del techo, el color cerúleo centelleaba con mayor fulgor creando un espectáculo de luz sin igual, completamente fantástico.

Aquella primer muestra la dejó debajo de su celular. No se consideraba una persona sentimental, pero debía admitir que esa servilleta se había vuelto un tesoro único.

Antes de continuar la limpieza, su interés se volvió tan fuerte que sin pensarlo mucho, se atrevió a tocar una de las gotas con la yema de su dedo índice. Una descarga eléctrica recorrió su cuerpo entero inmovilizándole, seguido por una calidez dolorosa que jamás había sentido.

     –¡AH! –aulló sin poder moverse por unos segundos. La curiosidad mató al gato, definitivamente. Apenas pudo recuperar la movilidad de su propio cuerpo, limpió con urgencia los restos de sangre de su dedo.

Nunca se había arrepentido de algo tan rápido como de aquella decisión. ¿Tocar una sustancia desconocida directamente con sus manos? Negó para sí mismo resintiendo debajo de la piel una quemadura indeleble. Fue un peligroso despertar, no podía ser tan ingenuo ante una situación tan peculiar, ni cegarse por una ilusión extraordinaria.

Dejó sobrepuestas varias servilletas sobre el camino de gotas, juntas formaban una constelación misteriosa. Estuvo varios minutos observándolas, tratando de memorizar cada detalle antes de levantarse por su celular y tomar varias fotos. Confeccionó unos guantes con las servilletas que quedaban para recoger lo demás; sin estar muy seguro de tirarlas a la basura las dejó en una pila sobre la tarja.

Instintivamente se acarició el dedo, podía sentir el calor intenso tal como el momento en que entraron en contacto. Después de tanta conmoción, una punzada en el estómago le recordó la razón por la que había llegado a la cocina. Y sin muchos ánimos revisó el interior de su refrigerador: un par de manzanas, un tercio de cebolla, un cartón de leche, mayonesa, medio tomate, un huevo, restos de una barra de mantequilla, y unas cuantas rebanadas de jamón.

La respuesta era obvia. Obvia y nada original. Dado que no tenía otra opción, sacó los ingredientes para prepararse un sándwich. Arriba del congelador estaba la media barra de pan que le salvaría de irse a acostar hambriento. Dudaba inmensamente que aquella noche conciliara el sueño.

Detrás del dispensador de cuchillos sacó una tabla de madera para cortar en rodajas el tomate y la cebolla. Y sin tener un orden de preferencia para armarlo, se dispuso a hacer el sándwich. El olor a cebolla mezclada con el jamón le hizo gruñir el estómago, y en menos de tres minutos ya lo tenía listo. Lo que quedaba de cebolla y la última rebanada de jamón, junto con el pan lo metió apurado de vuelta al refrigerador.

Al girarse a la tabla donde había dejando el sándwich, notó que una de las puertas debajo del fregadero rebotaba sin fuerza hasta volver a cerrarse, alguien más parecía estar hambriento también. Miró su comida, y con el cuchillo con el que rebanó la verdura partió un pequeño triángulo, sólo esperaba que le gustara la mayonesa.

     –Provecho. –susurró bajando la tabla, colocándola frente a las compuertas. Tomó su sándwich después de dejar la diminuta réplica, y caminando hacia su habitación con su mano libre agarró su celular junto a la servilleta que estaba debajo.

Con forme avanzaba y mordía su sándwich, el impulso de voltear para cerciorarse que efectivamente algún ser, herido, muy pequeño, desconocido, se escondía en su cocina le carcomía. Pero de alguna forma, consiguió atravesar el umbral de su habitación sin mirar sobre su hombro. Decidido a distraerse, desbloqueó la pantalla para ver una vez más las fotos que había tomado al mismo tiempo que encendía la luz. Una por una las admiró como si tratara de encontrar algo que hubiera ignorado, haciendo zoom en cada una de ellas. Los destellos seguían hipnotizándolo, incluso en una simple imagen la sangre parecía cobrar vida.

Sentado sobre su cama dejó el celular sobre su almohada, y una vez terminado de comer el sándwich sostuvo la servilleta con ambas manos en dirección a la bombilla. Un minuto se volvieron sesenta, una hora se volverían dos. Como un encanto de otro mundo.

     –¿Qué eres? –preguntó por fin para sí mismo.

A pesar de su embelesamiento, se estiró hacia su mesa de noche donde tenía varios retratos enmarcados. El más cercano, donde podía ver una versión más joven de sus dos hermanos y él mismo frente a una carrusel, lo abrió con movimientos fluidos. Después de sacar la fotografía y guardarla en uno de los cajones, acomodó con sumo cuidado la servilleta entre el vidrio y la madera con la esperanza de preservarla lo mejor posible. Al regresarlo junto a los otros, cualquiera podría admirar aquel bello misterio.

Era cerca de la medianoche cuando empezó la búsqueda. Intercambiando lugares, con el celular en la mano y la cabeza en la almohada, buscaba en internet cualquier indicio de respuesta. Entre ellas, resonaban diferentes descripciones con incontables imágenes: trol, duende, hada, y gnomo. Incluso seres como el nahual, el chaneque y el alux. Todas describiendo diferentes criaturas míticas de pequeña o diminuta complexión sin dar información concreta. Algunos eran peligrosos, otros peculiares con personalidades amigables e incluso sabias. Sin embargo, ninguno describía la sangre, el centelleo. La idea que podría ser un alien también recorrió su mente. Pero ninguna le satisfacía, ninguna le llenaba. Quizá porque aún no lo había visto. Quería estar listo antes de enfrentarle, después de lo qué pasó con su dedo, no quería correr riesgos sin antes investigar lo que pudiera.

El amanecer le alcanzó sin haber podido dormir en absoluto.

Entonces, un aleteo lejano interrumpió su avance. De un salto se levantó de la cama, y una emoción abrumadora silenció de una vez por todas el miedo que le detenía. A paso apresurado siguió el sutil sonido que se había abierto paso de la cocina a la sala. Aunque la luz de la mañana comenzaba a iluminar la estancia, todo parecía mantenerse en contraste con las cortinas cerradas. Todo lo que vió fue la sombra de una pequeña ave enredarse en la tela que impedía su huida.

Al caer en picada al suelo, desesperado, se hincó de pies y manos hasta donde se desplomó. En pánico la sostuvo entre sus manos, temiendo que del golpe se hubiera lastimado de nuevo. Pasaron minutos antes de recuperar la compostura, temblaba tanto, que temía aplastarla. Entre sus dedos observó partes de lo que parecía un colibrí, tan asustado como él. Sonrió sin estar seguro si todo lo que había visto anoche había sido en realidad un sueño.

     –Vaya,… –suspiró más tranquilo acercándose a la ventana.

Los diminutos ojos negros del colibrí le devolvían la mirada, estaba tan agitado que no pudo evitar sentir culpa. Aún le temblaron los brazos al momento que intentó apartar la cortina y terminar de empujar la rendija de la ventana con el codo. Y al claro de un nuevo día, vivió una fantasía real. Cuando abrió sus manos, debajo de las alas brillantes de aquel colibrí, se avistó su verdadera figura. De sus alas figuraban unos brazos diminutos con los que alzaba el vuelo, un torso cubierto de plumas verdes y azules con un par de piernas que se escondían entre su cola emplumada. Sobre su cabeza, igualmente cubierta de plumas, descendió el pico hasta formar parte de su piel escondida mostrando los mismos ojos negros, un par de orificios como nariz y una boca fina.

Volando cual colibrí, se mantuvo frente a su rostro asombrado. Giró un par de veces mostrando que la herida que se había hecho en su hombro cuando cayó con el vaso ya se había curado.

Parecía feliz, aunque no sonreía. Él por su parte reía a carcajadas sin creerlo.

 

© M. N. Matus / 12.07.2019