Era un lunes como cualquier otro, repleto de resaca y cansancio. Sin embargo, aquel día lo que me había despertado no fue el usual despertador, sino un escozor sobre la piel de mis
brazos que provocaba, como reacción, rascarme de manera incontrolable. Ningún enrojecimiento, marca de piquetes o erupciones parecía producirme tal impulso, no había nada, sólo piel. Así, con el firme pensamiento que eventualmente pasaría, continué mi rutina esa mañana de otoño.
Estaba sentado en mi escritorio, revisando los sobres de documentos que quedaban pendientes de la semana pasada cuando regresó la sensación de picor como una oleada intensa. En el trayecto a la oficina había hecho memoria sobre lo que comí en los últimos días intentando dar una explicación razonable a la comezón, pero nada podría haberme causado una alergia alimentaria que hiciera reaccionar mi cuerpo de esa manera. Abrumado por las ansias de rascarme, me quité el saco dispuesto a remangar también mi camisa, convencido que debía exponerse al fin algún extraño salpullido.
–¡Buenos días! –saludó uno de los asistentes de dirección.
–Buenos días –continuaba el desfile de saludos impersonales a través de los pasillos como un eco vacío.
–Gerardo –la voz de mi jefe me sobresaltó ya que miraba absorto mis brazos descubiertos, impactado al no encontrar indicio de inflamación o herida. –, necesito la relación de facturas de octubre de C. Rime. Viene el director a las ocho a revisar las cuentas, ¿lo tienes listo?
–Todavía me falta agregar las últimas dos… tengo que revisarlas y cuadrarlas con el contador antes de completar el reporte final –balbuceé haciendo el esfuerzo por guardar la compostura.
–Tienes cuarenta minutos antes de que llegue, así que te recomiendo que vayas a revisarlo en este momento. Cuando las imprimas dáselas en un folder a Carmen junto con el archivo en USB. –asentí sintiendo un nudo en el estómago, tenía tanta comezón que podía notar un ligero palpitar extendiéndose por mi cabeza. –¿Te encuentras bien? –dijo, estudiando mi rostro –Estás pálido, no te habrás contagiado de algún virus ¿verdad? Lo que menos necesitamos es una epidemia. –abrí los ojos un poco sorprendido, no había pensado en la posibilidad que fuera alguna enfermedad.
–No, en absoluto. Creo que comí algo que me cayó mal anoche –respondí, inseguro.
–De todos modos, si necesitas ir al doctor, entrégale el reporte a Carmen y ve a que te revisen. –inquirió severamente con una expresión poco convencida. Dio media vuelta y atravesó la oficina hasta desaparecer entre los demás escritorios.
Decidido a terminar el reporte encendí apuradamente la computadora. Esperando a que terminara de iniciar sesión, inconscientemente los dedos de mi mano derecha empezaron a rascar mi antebrazo izquierdo; me di cuenta porque empezó a arderme dolorosamente la piel por la fricción. Cuando se detuvo la comezón, me había rascado con tanto afán que terminé trazando profundos rasguños con mis propias uñas.
Cubrí mis brazos con las mangas de la camisa en un intento por disimular los arañazos, un miedo irracional empezaba a invadir mi mente. Me puse de pie algo aturdido y me dirigí al baño. No podía evitar pensar que la causa, fuera la que fuese, me corrompía desde el interior.
Al llegar cerré la puerta con seguro, sudor frío empapaba mi cuello, axilas y espalda, tras el último ataque de comezón no me di cuenta que estaba ardiendo. Mi propia temperatura comenzaba a sofocarme. Abrí la llave del lavabo, hice una cuenca con mis manos, y me enjuagué varias veces el rostro. Una serie de escalofríos me hicieron temblar convulsivamente contrayendo mis pulmones por el estrés que sufría mi cuerpo, haciéndome toser desesperado por aire.
Usé todas mis fuerzas para cerrar el grifo, pero ni siquiera el agua fresca logró aliviarme. Aferrado a la cerámica del lavamanos apenas lograba mantenerme de pie. Entonces, miré mi reflejo en el espejo frente a mí, lo contemplé por lo que parecieron horas hasta que me ardieron los ojos. Las ojeras se sumían sobre mi piel, parecían agujeros negros, absorbiendo lo poco que me quedaba de energía. Llegó un punto en el que mi cuerpo temblaba oscilante, meciéndose lentamente de un lado al otro, transformando el piso en la ilusión de una arena movediza donde mis pies se hundían y se tambaleaban sin un balance que les permitiera nivelarse. Contuve el aliento al sentir cómo el vértigo volvía a revolver mi estómago, no podía hacer otra cosa que concentrarme e intentar recuperar el control sobre mí mismo. El eco de mi corazón hacía latir mis oídos dejándome parcialmente sordo, aguardé hasta que dejaran de contraerse con violencia, y volví a inhalar profundamente.
Muy por encima del malestar, como una sombra ineludible, reapareció la comezón. Tenía los brazos adoloridos por la fuerza con la que me sostenía, pero ni siquiera el dolor me detuvo. Sin lograr contenerme, caí estrepitosamente de rodillas al suelo para poder rascarme. Abrumado, jalé las mangas que cubrían mis brazos sin importar si rompía la tela de paso, obligándome a entrelazarlos y rascarlos con mayor fuerza al mismo tiempo. Ni alivio, ni consuelo. El mundo a mi alrededor giraba y se retorcía cada vez más, como un espiral que seguía y seguía. Sobre la piel me rascaba maniáticamente hasta sentir la piel arder, la comezón se extendía por debajo como un susurro corrosivo e imparable. Las venas de mis brazos comenzaron a palpitar a plena vista, me bastó verlas un segundo para saber que algo iba mal, muy mal.
Me removí bruscamente; tendido sobre el suelo gruñía asqueado ante mi propio cuerpo.
Mi rostro pálido escurría en sudor, humedeciendo el cuello de mi camisa hasta volverla una segunda piel. Detrás de los rasguños ardían torrentes de sangre desbocados, la sensación de que se movían por cuenta propia me desconcertaba al borde de la demencia.
–¿Qué…? –se escapó la pregunta de mis labios. La comezón empezaba a dolerme, y a diferencia de las ocasiones anteriores, esta vez no cedía. O quizá fuera que realmente no había cedido antes. Me temblaba tanto el torso que me costaba mantenerme erguido, pero la inquietud de continuar rascándome me atormentaba como una maldición. Durante un instante de verdad creí que mis uñas llegarían hasta mis huesos con la esperanza de detener la ansiedad, pero sólo logré atravesar la piel. Gruesas gotas de sangre brillaban sobre los cortes como resultado de lo que parecía una eterna tortura. La desagradable certeza de que por fin encontraría la causa por la que tenía la necesidad de rascarme sin parar nublaba mi mente.
–¿Hay alguien ahí? –preguntó una voz del otro lado de la puerta –¡Me urge pasar!
–Un… momento… –murmuré entre jadeos, lo más claro que me fue posible.
Miré rápidamente a mi alrededor mientras sentía la humedad de mi propia sangre teñirme las uñas, sin lograr detener el vaivén con el que continuaba rascando la piel cortada. El viento que se colaba por la única ventana del baño soplaba con furia, con más frío que antes, o así me parecía… ¿Qué hacer? ¿Qué podía hacer?
Arrastrando las rodillas e impulsándome con los codos, conseguí llegar hasta el inodoro, tal vez si lograba sentarme sobre la cubierta podría recuperarme un poco para ponerme de pie y salir. De pronto, antes de hacer el intento por levantarme del suelo, punzadas intensas, parecidas a las de una aguja, surgieron de las heridas que tenía en ambos brazos provocando calambres en mis dedos. Algo se contorsionaba entre mi piel.
El shock fue lo único que pudo detener mis propios rasguños; miré en silencio cómo de mi brazo izquierdo empezaba a asomarse lo que parecía una minúscula larva. Al verla, comencé a temblar violentamente, la manera en que se doblaba y torcía me ponía cada vez más inquieto. Di un par de arcadas ante la repulsión que me provocaba y en un ademán me la quité de encima, sobresaltado, rezaba a una deidad de la cual dudaba su existencia que todo fuera un sueño. Podía sentirla todavía en mi piel, retorciéndose. Con la mirada desorbitada, vi que le seguían más, deslizándose entre la sangre. La desesperación de sentirlas moverse, subiendo, hurgando me sobrepasaba. Si hubo un momento en donde mi mente se quebró, fue ese, ante el pánico y el horror estaba indefenso como un niño. Tal vez sí fuera una pesadilla, pues seguro estaba que no podía tratarse de un sueño.
Cerré los ojos, no quería ver más. Pero incluso en la oscuridad podía sentirlas, saliendo detrás de mis globos oculares y escarbando entre mis párpados, royendo por debajo de mi lengua, carcomiendo desde mis entrañas. Un olor putrefacto de carne en plena descomposición me envolvió, tan apestoso que estuve a punto de vomitar, pero hasta para ello me faltaron fuerzas. ¿Cuánto tiempo estuvieron dentro de mí? Larvas, larvas, larvas me devoran hasta el alma.
Continuaban su desfile saliendo desde mi ombligo, subiendo por mi abdomen desparramándose por mi pecho. Todo mi ser sollozaba en silencioso lamento, una a una, las uñas de mis manos y pies cayeron, mientras seguían comiendo la piel que me quedaba. Con el rostro desfigurado, abrí la boca para gritar y pedir ayuda, pero tenía la tráquea bloqueada. Intenté escupir las larvas entre arcadas, pero eran demasiadas. Iba a meter la mano para sacarlas, sin embargo, mi cuerpo ya no me respondía.
El peso de una muerte tan aborrecible me hizo reparar en lo perdido que estaba. Tendría que haber sido capaz de protegerme, de haber sido feliz.
Distraídamente, después de que el semáforo cambiara a rojo, se talló los ojos con ambas manos sin terminar de asimilar en qué momento había llegado a la estación de autobús. La rutina que le impulsaba a levantarse seis de los siete días de la semana, a las cinco cuarenta y cinco de la mañana, comenzaba a agobiarle al punto de sentir una enorme apatía.
El televisor, todavía encendido, anunciaba el resumen de las noticias del día mientras intentaba enfocar la mirada, sintiendo como un sudor frío surcaba su frente. La luz que entraba por las ventanas le daba la impresión que ya eran más de las cinco de la tarde, y aunque parecía que su cuerpo hubiese permanecido años inmóvil, entre quejidos alcanzó la palanca del sillón reclinable en el que se encontraba recostado para poder incorporarse. A través de una serie de imágenes borrosas buscaba a ciegas sus lentes sin estar muy seguro en donde los había dejado, trastabillando en la búsqueda con un vaso de leche con menta, una taza de café negro, una pila de libros y un frasco de miel sobre el mantel bordado de la mesa que tenía a un lado.
Sobre mi regazo mantenía sujeta mi mochila, junto con todas las posesiones que tenía en aquel momento. Una sensación de agobio me invadía, a pesar de saber de memoria el camino, una inquietud dentro de mí me mantenía alerta. Como todos los días, lo único que tenía que hacer era bajar en la décima estación, la décima.
claro que la tarde sin duda sería calurosa. Dentro, pasos somnolientos rondaban por aquí y por allá, poniendo en marcha las actividades matutinas. Este era el inicio del primer mes de verano, y Luis preocupado por las ganancias de la temporada, calzaba sus botas de cuero antes de abrir la puerta de la entrada.
densa espera. Acostada en la cama, una joven estiraba sus brazos tratando de alcanzar algo frente a ella. Dentro de la oscuridad, había tan poca visibilidad que no entendía de dónde provenía: ¡Plop! Allí estaba de nuevo, escurridiza y helada, una gota avanzó hasta caer sobre su frente. Pero, pese a todo, volvió a cerrar los ojos, aferrándose al sueño. Su entrecejo se pronunció hasta marcar aquellas arrugas de fastidio; sus labios se encontraban firmemente apretados por el disgusto de haber sido injustamente despertada. Lo único que quería era dormir.