Altamar.

Yo entonces tenía doce años y me encontraba caminando al lado de mi hermana más pequeña. El oleaje susurraba tranquilamente mientras las gaviotas descendían sospechosas tratando de calcular el momento en que Lia invariablemente dejara caer alguna de sus papas a la francesa. La arena me causaba un ligero cosquilleo cada que el agua se escurría entre los dedos de mis pies.

     –Martín dijo que había visto un pez, y cuando lo picó salió un cangrejo de su boca. –la anécdota me pareció tan curiosa que me gire a ver si le causaba emoción o desagrado.

     –¡Vaya! –respondí cuando noté que tenía genuino interés por encontrar uno –,pensaba que no te gustaban los pescados. –siempre que acompañábamos a mamá al supermercado y pasábamos por el área de mariscos tenía que distraerla con las cajas de cereal para que no se pusiera a llorar cada vez que veía alguno de cerca.

     –No me gusta verlos mirándome con esos ojos de gelatina –replicó masticando una papa, parecía sumamente pensativa –Lo que no entiendo es porqué el cangrejo estaba en su boca. –asentí por su pregunta, haciendo un esfuerzo para no sonreír. La intensidad con la que miraba el camino de arena me llamaba la atención, ¿tenía que explicarle que el cangrejo posiblemente se estaba alimentando del pescado? ¿o le dejaría esa tarea a mamá?

     –Tal vez intentaba ayudarlo. –dije por fin, satisfecho por haberme salido con la mía.

     –Creo que sí… –casi podía sentir andar la imaginación de mi hermanita, a sus cinco años el mundo era diferente. Su respuesta me produjo una impresión cálida, cuando se terminó la última papa me miró inquieta. –Ya no hay.

     –Mamá te enseñó qué hacer con la caja cuando terminas, ¿verdad? –irguió la cabeza, arrugó el entrecejo y suspiró. Tras intentar doblar la caja de cartón para guardarla en el bolsillo de su vestido y tirarla en el bote de basura cuando regresáramos a la casa, era demasiado grande, entonces tuve que tomarla y guardarla en el mío.

     –Espero que encuentre un nuevo amigo –continuó Lia, agachándose por una concha azul oscuro.

Después de varios minutos mis manos estaban llenas de conchas y piedras de diferentes colores. Mientras caminábamos, Lia cantaba sus canciones favoritas, al día de hoy no logro recordar de cuáles caricaturas las había aprendido. En aquella época, estaba en una edad en que, me molestaba que mis padres y tíos me hostigaran con preguntas ridículas, respondiera lo que respondiera, al final, todo lo que querían era evaluarme. Era el mayor de mis hermanos y primos, así que desde muy pequeño comprendí que para ellos era algún tipo de termómetro de crianza. Lo cierto era que prefería cuidar a Lia, teniendo en cuenta que lo único que se le ocurría preguntarme era dónde estaba el baño. A duras penas podía sostener una concha más cuando se quedó viendo el océano.

     –¡¿Qué es eso?! –exclamó de un brinco, brillándole los ojos ante el misterio. Hacia nosotros parecía dirigirse una mancha verdosa, un oscuro nubarrón que apenas lograba mantenerse a flote. Fruncí el ceño en un intento para agudizar mi visión, esa tarde el viento había despejado por completo el cielo, creando el reflejo del sol sobre las olas un brillo cegador. Durante unos instantes pareció haberse hundido, jamás había experimentado tal conmoción.

     –Ven, Lia –murmuré dándole un pequeño empujón en el hombro. Me clavó los ojos con cara de estar a punto de entrar en shock, podía sentir como empezaba a burbujear un berrinche en su garganta. Era la primera vez que necesitaba que me pusiera atención; cuando estuvimos a una distancia segura del mar, con un gesto le pedí que se sentara, hincándome después de que lo hiciera –Voy a intentar ver más de cerca. No puedes venir conmigo porque aún está en la parte honda, tienes que quedarte aquí y no moverte hasta que regrese. ¿Entiendes lo que necesito que hagas, Amelia? –antes de poder contradecirme la miré fijamente a los ojos.

     –Me quedaré aquí. –dijo haciendo un puchero. Apilé las conchas que había sostenido hasta ese momento en una mini montaña frente a ella, y me sacudí las manos antes de acariciarle la coronilla de la cabeza.

     –Hasta que regrese. –repetí con claridad, Lia había empezado a reorganizar las conchas, pero asintió a mis palabras. Cuando me erguí miré por unos momentos ambos lados de la playa, no había ni un alma. A lo lejos apenas podía avistar las diminutas figuras de quien suponía fueran mis hermanos.

Incluso ahora, veinte años después, no logro entender la razón por la cual me había fascinado ese enigma. Es como si aquel día una parte de mí se hubiera separado y perdido en altamar, y lo que restaba continuara buscándolo. Al principio, pensé que podía ser una tortuga o una mantarraya, pero a medida que me sumergía se deformaba aún más. Cuando el agua me cubrió hasta el ombligo, en mi interior empezaba a surgir un profundo sentimiento de desconcierto. Aún nos separaba unos 5 metros, y mientras comenzaba a bracear, decidí que esa sensación no me detendría. Sabía que podía lograrlo. De verdad, pensé que podía lograrlo. No tardé en quedarme atrapado en una asfixiante contradicción.

Al sentir cómo mi vista me desorientaba más que otra cosa, llegué al punto de cerrarlos por completo. Estaba absolutamente seguro que, si nadaba en línea recta, me lo toparía de frente. Nadé sin rumbo, nadaba por nadar, como si fuera el único propósito de mi vida.

     –¡GAH! –grité sintiendo como mis pulmones empezaban a sofocarse por el esfuerzo. De repente, cuando el verdadero pánico empezaba a sobrecogerme, me llegó el olor de putrefacción. Dado que seguía braceando por mi vida, en algún punto, mi brazo derecho se enredó con el alga. Al primer intento de reincorporarme, la misma alga me permitió sostenerme y emerger del agua por unos instantes. El alivio de sentir oxígeno nuevamente me hizo derramar un par de lágrimas. Parpadeé con inquietud, y con la poca paciencia que tenía, miré el bulto enorme en el que estaba enredado.

Parecía una balsa hecha de alga, un gran bulto entre verdoso y café. Cerca de mi brazo había cascarones rotos, el lugar donde alguna gaviota habría resuelto sería un excelente nido. La diminuta isla de alga tenía ramas enredadas, y para mi sorpresa, varios productos de plástico como bolsas, aros de plástico de los six-packs, popotes, vasos, y cubiertos. A lo lejos, un ruido llamó mi atención. Lia lloraba desconsoladamente mientras me veía luchando contra la marea. Pese a todo, empecé a agitar mi brazo libre en el aire en un intento de que viera en señas que me encontraba bien. El olor nauseabundo del alga podrida comenzaba a fastidiarme. Y al primer intento de quitarla, una baba extraña hizo que me dieran arcadas. Repugnante. Cuando volví a intentarlo, sentí algo rozar la planta de mis pies. No acababa de hacerme a la idea, cuando en un impulso de alejarme logré zafarme de un tirón, aunque parte de mi codo se raspara. –¡Maldita sea! –gruñí tratando de mantenerme a flote.

Decidido en regresar a la playa, me giré para empezar el nado, cuando un resplandor me detuvo en seco. Al lado de los cascarones vacíos había un pedazo de lo que había sido un espejo, un peine roto, y un trozo de toalla sucia. Con todo, rodeé lo que pude de las algas para acercarme más, y con una rama moverlos. Bajo la toalla sucia, una muñeca hecha de raíces, semillas y hoja de palma con un listón rojo me devolvía la mirada. No me atreví a tocarla. Empezó a llamarme la atención la manera que estaba acomodada junto con las demás pertenencias. Flotando a la deriva por horas, días, tal vez… Mirándola, me quedé anonadado.

Regresé a la costa con el mínimo esfuerzo. Lia aún seguía llorando sin poder articular ni una palabra, pero al momento en que alargué la mano, y la posé sobre su cabeza, comenzó a tranquilizarse. Mientras recogía su colección de conchas de la arena me recriminaba lo asustada que había estado cuando me había visto hundirme en el mar.

     –Te-tenía mucho mie-miedo –insistió entre hipos.

     –Lo sé, –murmuré con un hilo de voz –Todo está bien. No llores.

      –Quiero a ma-mamá –pedía tratando de limpiar su cara. –Quiero ir a ca-casa.

     –Ya casi es hora de regresar. –respondí con calma.

Mis padres me regañaron más de cien veces. Y siempre que me preguntaban sobre lo que había sucedido, mi respuesta era la misma: Lia y yo habíamos visto una tortuga enredada y no dudé en nadar para ayudarla, no había sido mi intención dejar a mi hermana sola en la orilla. Siempre fingía que había estado emocionado de haber estado en ese momento para poder salvarla; en cada repetición, el rojo del listón de la muñeca se hacía más vivo. Aún después de todos esos años, imaginaba el bulto entretejido de algas flotar en medio del océano. Y tras permanecer tanto tiempo en el sol, se hubiese hundido por fin, descansando en las profundidades. No soportaba el pensar que seguiría navegando sinfín. De vez en cuando, en noches de insomnio, todavía pienso en lo extraño que había sido aquello. Todo lo que viví ese día de verano jamás podría olvidarlo, como una promesa muda. Y la cumpliría.

 

© M. N. Matus / 29.05.2019