Despertó abruptamente con una extraña sensación de urgencia, como si alguien le hubiera llamado por nombre varias veces antes de abrir los ojos.
El televisor, todavía encendido, anunciaba el resumen de las noticias del día mientras intentaba enfocar la mirada, sintiendo como un sudor frío surcaba su frente. La luz que entraba por las ventanas le daba la impresión que ya eran más de las cinco de la tarde, y aunque parecía que su cuerpo hubiese permanecido años inmóvil, entre quejidos alcanzó la palanca del sillón reclinable en el que se encontraba recostado para poder incorporarse. A través de una serie de imágenes borrosas buscaba a ciegas sus lentes sin estar muy seguro en donde los había dejado, trastabillando en la búsqueda con un vaso de leche con menta, una taza de café negro, una pila de libros y un frasco de miel sobre el mantel bordado de la mesa que tenía a un lado.
–¡Demonios! –murmuró entre dientes en un gesto exasperado, podía apostar que debían estar por ahí, sin embargo, tampoco lograba acordarse con exactitud el momento en que se había quedado dormido.
Cerró sus ojos en un intento de recobrar el temple, seguir buscando de aquella manera solo le daría vértigo, debía concentrarse, estaba consciente que su mente de 76 años no se la podía tomar a la ligera. Debía armonizar su interior y tener paciencia consigo mismo, podía recordarlo, sabía que aún podía. Recuerda, Tato, desde el inicio:
Se había levantado antes del amanecer, aquellas mañanas donde despertaba hasta las ocho o nueve se esfumaron después de tantas décadas de sueños. Sus lentes habían estado en su pequeño buró, lugar predilecto para antes de acostarse y había ido al baño a vaciar su vejiga, a lavarse la cara y a ponerse la prótesis de los dientes. Había preparado un huevo revuelto con pan tostado y una taza de café, no lavó los trastes sucios ni el sartén porque el agua del grifo estaba demasiado fría para sus articulaciones, y en su lugar había regado las plantas que se esparcían en diferentes macetas por toda la casa. A mi Quina le encantaban las flores. A media mañana el cielo parecía querer nublarse, entonces se puso un suéter grueso de lana verde, agarró el paraguas y salió al parque de Los Berros a caminar con sus viejos amigos, Pedro y Eduardo, jugaron varias partidas de ajedrez y antes de despedirse, con pesar le recordaron la fecha de la misa de la difunta esposa de Enrique, evocando inevitablemente el recuerdo de la misa que fue en honor a su esposa Joaquina casi un año atrás. Había comprado manzanas verdes de regreso a casa justo antes de que empezara a llover a cántaros, fue cuando el frío le caló hasta los huesos, encendió el televisor y cansado por el dolor del reumatismo se sentó en el sillón para untarse crema de eucalipto en sus rodillas.
¿Qué había hecho después de usar la crema? La expresión remarcada sobre su arrugado entrecejo se le veía intensa con un aire reflexivo. Su concentración emanaba una sensación natural y serena. La forma de echar a andar su mente, su pequeño ejercicio mental, era demasiado minucioso para que aquello fuera una simple remembranza. Era un hábito enseñado, un método personal en el cual se evidenciaba una manera de vivir nueva, el acoplarse a una soledad densa que no era fácil a su edad.
–¿Dónde la puse? –murmuró en voz alta, todavía sus ojos se mantenían cerrados, con las manos sobre sus rodillas sintiendo el alivio de la crema que se había puesto. –La usé y la dejé a un costado… –decía con ademanes siguiendo sus propios movimientos con las manos. Allí estaba el bote de crema, y al sentirla con sus dedos, sonrío victorioso, ya que de inmediato recordó que después de haber reclinado el respaldo y acomodado sus piernas, había guardado del otro lado del asiento los lentes. Y así como con la crema del lado derecho, sumergió la mano izquierda por la grieta del cojín hasta sentir el armazón metálico de los lentes y con cuidado sacarlos.
–¡Vaya lío! –soltó una carcajada dando unas palmadas antes de abrir los ojos ya con los lentes puestos.
Al igual que todas las tardes, después de levantarse y apagar el televisor, caminó por cada una de las habitaciones de su hogar, revisando ventanas y acomodando libros que sin duda él había cambiado de lugar. Miraba por minutos, en algunos días incluso por horas, las pinturas colgadas que había dejado su ángel, su querida esposa Quina, y le rezaba en silencio agradeciendo una vez más haber compartido su vida y su arte, sin embargo, no podía evitar preguntarse: ¿Por qué se había ido antes que él? No entendía como una mujer tan saludable, tan brillante y tan amable se había quedado sin vida cuando faltaban muchos años por delante. Tampoco entendía por qué siempre había tenido la idea de que moriría primero. A pesar de todo, seguía agradecido. Habían compartido una vida llena de logros, de aspiraciones, de amor.
–¿Qué te parece el color de los tulipanes, Tato? –casi podía escucharla en sus recuerdos mirando el cuadro de un campo inmenso de diferentes colores.
–Me encanta –le había respondido, sabiendo mejor que nadie que era su flor favorita.
–Lo que daría por tener un jardín repleto de ellos, sería mágico ¿verdad? –sonrió abiertamente mientras mezclaba colores en la paleta que tenía en su mano.
–Algún día tendremos uno, Quina, te lo prometo. –en ese momento corría el año de 1971, ¡cuánto tiempo de aquella agradable tarde de abril!
Notó como la mirada se le empañaba por las lágrimas, y sacó un pañuelo de papel del bolsillo de sus pantalones. Con el paso del tiempo, esas pinturas se volvieron su tesoro más valioso, podría perder libros y retratos, pero jamás los cuadros. A partir de la noche en que falleció su querida esposa, fue incapaz de recuperar la normalidad de su rutina, siempre se encontraba merodeando con la interminable idea de que faltaba algo que le llenara. Como si se hubiera quedado atrapado en un círculo infinito del cual no encontraba la salida.
Con forme iba avanzando la tarde, el gélido viento de otoño soplaba por la ciudad haciendo eco por los rincones. De repente, sin razón aparente, se escuchó un golpeteo en la entrada principal sacándolo de sus pensamientos. Quizás era algún vecino puesto que no esperaba visitas, o tal vez era alguien repartiendo volantes ya que de vez en cuando llegaban desconocidos promocionando nuevos productos.
Nadie. No se encontraba nadie del otro lado de la puerta. Por un instante temió que hubiera tardado demasiado en abrir, pero al intentar dar un paso para asomarse a la calle unas cajas de cartón le impidieron salir del pórtico. Al verlas, no podía salir de su asombro, incluso con su nombre escrito en cada una de ellas no lograba entender quién podría haberlas enviado. Cierto es que incluso se agachó a tantear su peso y sopesar si tenía la fuerza para meterlas a la casa por sí mismo. Eran de un tamaño pequeño, de treinta por sesenta centímetros a lo máximo. Mientras alzaba la primera aumentó su sorpresa al notar lo ligero que era, avanzó a paso lento hasta el comedor donde acomodó las tres cajas cuidadosamente.
En el fondo, crecía una curiosidad que había creído que no volvería a experimentar. Cuando rompió la franja de seguridad de la caja más cercana con las llaves que tintineaban colgadas de su cinturón y desenfundó las aletas, se aventuró en su interior, descubriendo que estaba repleta de algo parecido al heno. Una hierba amarilla muy voluminosa, pero mucho más suave y más brillante de aroma dulce, por más que la miraba menos entendía lo que veía. Paciente, a cuestas del misterio, abrió las otras dos cajas encontrando más de aquella hierba, lo cual era contradictorio al peso que había ponderado al momento de moverlas. A pesar de ello, no se dio por vencido. Se sentó en una de las sillas y esperó, suponiendo que algo eventualmente sucedería. Y sucedió.
Una a una, diminutas orejas empezaron a asomarse inquietas, sacudiendo las cajas a la par que se movían en su interior. De no ser por su sentido con la naturaleza, abría titubeado, pero metió las manos con confianza pillando con cautela a uno de sus nuevos inquilinos. Eran un total de once gatitos, tan pequeños que podía calcular que no eran mayores a un mes, todos pelirrojos, todos de ojos verdes y de narices rosas; bastó con mirar sus ojos grandes y sus patitas peludas, para saber que quién sea que fuera la persona que los hubiera enviado, no quería que estuviera solo.
Aunque había pasado una década y media desde la última vez que recordaba que tuvieron una mascota, aún podía escuchar las palabras de Quina cuando adoptaron su primer perrito juntos: –¡Pero si es lo más fácil del mundo, Tato! Un día de éstos tendremos corriendo varios en nuestro jardín de tulipanes, ¡y gatos, y patos, y tortugas! Y ya verás cómo crecerá nuestra familia.
© M. N. Matus / 26.08.2019