Dos meses habían pasado desde el entierro de mi tío Santiago, el mayor de cinco hermanos. El aroma a estofado recién horneado inundaba la casa ya que desde el día en que nos habían anunciado sobre el terrible accidente, mi madre parecía incapaz de salir de la cocina. Llevaba así días, de pie, picando, batiendo, pelando y esperando con la mirada perdida entre las cazuelas y el horno, intentando silenciosamente alejar el luto que parecía romperle cada vez más el corazón.
Un suspiro agobiado se escapó de mis labios cuando crucé las puertas dobles haciendo que girara a verme, su tristeza me hizo estremecer, la pena que se reflejaba en sus ojos parecía imposible de consolar; impaciente tomó el cuchillo para continuar cortando las zanahorias, yo por mi parte me aparté de su camino con un gesto nervioso y me senté en una de las sillas de la mesa del desayunador. El repicar del metal sobre la madera rebotaba por las paredes, más allá de la puerta abierta, en el patio trasero el cacareo de las gallinas peleando por el alimento anunciaba las siete de la mañana.
–¿Abriste las cortinas del estudio? –me sacó de algún pensamiento perdido –Sabes que tu padre prefiere la luz natural por las mañanas.
–Sí, mamá. –respondí sin apartar la mirada de las gallinas que iban y venían –Cambié su tintero y acomodé el correo junto a los periódicos del día.
–Siento mucho que tengas que atrasar el día de hoy tus lecciones sin previo aviso, anoche recibí una nota urgente en donde avisaba que pasadas las nueve y cuarto vendría el abogado a entregarnos los últimos papeles, y tu padre tiene asuntos que atender después del desayuno así que no podrá estar presente.
Al escucharla, sentí un nudo apretarse en la boca de mi estómago, la miré con el rabillo del ojo y noté como se limpiaba las lágrimas con su delantal. Me incorporé para llegar a su lado y con delicadeza le puse mi mano sobre el hombro derecho en un gesto cariñoso.
–No pasará nada por un día – murmuré restándole importancia, recargando ligeramente mi cabeza con la suya. Asintió poniendo su mano sobre la mía para darme un tierno apretón antes de señalarme una bandeja servida sobre la barra con una taza humeante, una cremera y una azucarera, unos panecillos recién horneados, un frasco de mermelada de zarzamora y unos cubiertos de plata.
–Llévale el café antes de que baje, déjalo con cuidado a un lado de los periódicos.
Me acerqué por ella y a paso certero crucé la estancia en silencio, conforme avanzaba no podía evitar seguir pensando sobre la manera impulsiva con la que se aferraba mi madre a la cocina, como una maldición que nada ni nadie podía quebrantar. De repente, recordé la ocasión anterior en donde actuó de la misma manera cuando falleció mi abuelo y volví a suspirar cansada; en aquel luto le había tomado más de seis meses para resurgir de ese estado de dolencia. Pese a lo lento de mi cauteloso avance a través de la casa, logré llegar antes que papá y entrar sin prisas de nueva vuelta al estudio.
Una vez acomodada la bandeja sobre el escritorio, escuché el crujir de la madera de los escalones y con una sonrisa le esperé de pie.
–Buenos días, papá. –le saludé mientras esperaba a que cruzara la puerta.
–Por lo visto, tu madre aún se refugia en los misterios de la cocina –dijo acercándose a darme un beso en la frente –cuando esté lista saldrá, ya lo verás. –auguró antes de acomodarse en la silla giratoria, y no fue hasta después de preparar su café con un poco de crema y una cucharada de azúcar que me atreví a preguntar sobre el regreso del abogado.
–Papá, pensé que el señor Barragán había resuelto todos los pendientes después del funeral, no entiendo por qué tiene que regresar a perturbar de nuevo a mamá, además ¿de verdad no podrías recibirlo en su lugar? –me miró con la paciencia que claramente estaba perdiendo y asintió escuchándome.
–La razón, querida, es su testamento. Sabemos que nunca se desposó, ni tuvo descendientes, sin embargo, tu preciosa madre era su hermana preferida. A decir verdad, y para sorpresa mía, al parecer la ha nombrado como única heredera de sus tierras y bienes, sin embargo, ya que su muerte fue cubierta por el velo sombrío de un accidente era de esperarse que se llevara a cabo una investigación especial. –me explicaba a la par que untaba dos panecillos con mermelada.
–¿Investigación? No veo la razón para ello, recuerdo haber escuchado a mi tío Alonso y a mi tía Cecilia hablar sobre la resolución de la policía días antes del funeral, dijeron que iba montado a caballo hacia la capital en plena tormenta y por la oscuridad de la noche no vio venir el camión de carga que al final terminó con su vida. –de las conversaciones adultas que de vez en cuando lograba escuchar a mis dieciséis años era de mi entendimiento que se realizaban las investigaciones especiales a los fallecimientos de causa sospechosa o que tuviera factores turbios, si la muerte de mi tío Santiago figuraba como una de ellas podría provocar una fuerte recaída a mamá.
–Y buen juicio demuestra tu suposición, querida, me siento adulado por el simple hecho de que una hija mía pueda sacar tales conclusiones a tan temprana edad –su sonrisa orgullosa me hizo sonrojar.
–Hija única querrás decir, papá. –le corregí devolviendo una sonrisa.
–Por supuesto, mi única y querida hija –se corrigió a sí mismo antes de morder el último bocado del panecillo que tenía en su mano, y cuando terminó de masticar se limpió con la servilleta que tan diligentemente había doblado mamá debajo de la taza de café –El caso de la muerte de tu tío Santiago, como la mayoría de los accidentes que suceden en los caminos y avenidas, necesita ser verificado por las autoridades antes de cualquier repartición de bienes. Se agilizó su investigación al haber más de un testigo, de cualquier forma, el señor Barragán ha estado notificándome semanalmente, por ello me siento en confianza de dar la privacidad que merece tu madre al recibir su herencia. Además, estarás con ella, mi presencia no es imperativa. Yo por mi parte tengo que ir a recibir el nuevo cargamento de Cartagena, aunque te dejaré una carta expresando mi más sincero agradecimiento por sus servicios hacia nuestra familia.
–¿Cuándo me dejarás acompañarte, papá? –pregunté de manera impulsiva.
–Muy pronto, querida, muy pronto. –la desilusión de una respuesta tan ambigua y elusiva como aquella borró la sonrisa de mi rostro, y aunque estaba segura que papá lo había notado, abrió el periódico y desapareció sin decir ni una palabra más tras las enormes páginas de noticias. No había sido la única ocasión en la que hacía aquella pregunta. Deseaba conocer el mundo tanto como me fuera posible, mirar con mis propios ojos lo que escondían las tierras lejanas apartadas por mares y océanos por el sencillo motivo de que, dado a ser mujer, sabía muy bien que mi lugar era otro, que incluso al ser su primogénita ni con todas mis lecciones juntas evitarían mi verdadero destino.
Aquel 06 de noviembre de 1876 mamá recibiría la herencia de su hermano mayor y yo conocería un legado que jamás hubiera imaginado.
© M. N. Matus / 08.08.2019